Nadie menos capaz que el buen Felipe III de abrigar tan altos intentos ni de ejecutarlos, y he aquí el principio del rápido descendimiento que hoy nos espanta todavía. «Tiene—decían á su padre sus maestros y servidores—todas las partes de Príncipe cristiano, es muy religioso devoto y honesto. Vicio ninguno no se sabe.» Y ello es cierto que no se le conoció en su vida un solo galanteo, recompensándole bien el cielo, pues le dió en su mujer única Doña Margarita siete hijos, de los cuales le sobrevivieron cinco: D. Felipe que le sucedió, D. Carlos, que murió en edad robusta; el infante cardenal D. Fernando; Doña Ana que fué Reina de Francia y Doña María, prometida del Príncipe de Gales, luego Reina de Hungría y Emperatriz de Alemania. Trataba á su mujer y á sus hijos con singular amor y dulzura. Y bien puede decirse con Virgilio de Malvezzi, su historiador: «que se recontara entre los mejores hombres á no haber sido Rey.» Mas por ser tan cristiano y tan buen hombre puso en desprecio las armas, cimiento de la grandeza, garantía del honor y estímulo de todos los sentimientos altos y nobles. Decía á sus hijos viéndolos con rosarios en las manos: «Hijos míos, esas son las espadas con que habéis de defender el reino.» Frágiles armas como se vió luego para disputar dominios de este mundo á las naciones extrañas, que se repartieron los nuestros. Por ser también tan cristiano y tan buen hombre ocupó todas las horas que le dejaban libres sus oraciones en sostener que la madre de Dios fué concebida sin pecado. Escribió sobre ello á las Universidades y á los obispos, y aun ofreció al Papa hacer un viaje á pie á Roma, porque se declarase de fe su piadosa creencia, como al fin se ha declarado al mediar el siglo xix. Y cuando oía rezar á sus hijos «Santa María, sin pecado concebida», exclamaba lleno de júbilo: «Así lo creo, hijos míos, así lo creo.» Ha de decirse que este fué el pensamiento dominante de su vida. Dejola con la satisfacción de haber adquirido para España hasta doscientos nueve santos, y entre ellos muchos famosos como San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San Raimundo de Peñafort y San Ignacio de Loyola. Pero en cambio sobre su tumba misma y en tan pocos años de reinado pudo escribir Céspedes de Meneses estas lastimeras palabras. «El grave empeño y diversiones de sus riquezas y tesoros, carga de pechos y gabelas, arbitrio infausto y detestable de la moneda de vellón, conspiración de los moriscos, larga invasión de sus rebeldes, parecen que amagan seguros males al imperio y que es lícito argüir del nuevo Príncipe español que ha venido á ser reparo ó á ser testigo de su ruina.»
No fué el nuevo príncipe Felipe IV reparo ni testigo; fué tal que por sí solo la hubiera traído, aun cuando no estuviese comenzada. De tal manera obró, que habiendo venido á reinar en 1621, ya en 1629 pudo advertir el holandés Juan Laet la decadencia de esta Monarquía aunque no describiendo bien sus causas; y todos los gabinetes extranjeros ó sabían ó sospechaban ya nuestra flaqueza. Acaso no ha juzgado nadie á Felipe IV como un autor contemporáneo suyo en ciertas Memorias históricas sobre la Monarquía de España, que corren impresas en el Semanario Erudito. «Murió, dice, con universal llanto de los españoles, por su piedad suma para con ellos y por las grandes prendas que como hombre particular tuvo, y como Príncipe empezó á descubrir cuando la satisfacción precisa del tributo inevitable le imposibilitó el que las practicase.» Rey que murió de sesenta años cumplidos, y reinó cuarenta y cuatro nada menos, está juzgado con estas palabras. Fué un hombre particular hasta que al borde de la tumba se acordó de que era Rey, y eso para morirse de remordimiento más pronto que nos conviniera. De hombre particular si tuvo buenas cualidades, y su amor desenfrenado á los placeres, su ociosidad y lascivia no pudieran como tal deshonrarle, al modo que lo deshonran, siendo Rey, que este es oficio que á cambio de tanta satisfacción requiere alguna mortificación de los apetitos y pasiones. Castigó Dios su liviandad disputándole tenazmente hasta el mísero varón que quedaba de dos matrimonios dilatados. Vió morir cuando daba las mayores esperanzas, entrado ya en la adolescencia á su hijo D. Baltasar, y luego á D. Felipe Próspero; y se salvaron D. Carlos y dos hijas para traernos la guerra de sucesión.
Sólo fué afortunado D. Felipe en sus hijos bastardos. Además del famoso D. Juan se conocieron de ellos un D. Francisco de Austria, que murió de ochos años; Doña Ana Margarita, que fué monja en la Encarnación de Madrid; D. Alfonso de Santo Tomás, que fué obispo de Málaga; un D. Carlos ó D. Fernando, nombrado con el apellido de Valdés, general de artillería en Milán; D. Alonso de San Martín, obispo de Oviedo, habido en una dama de la Reina, y D. Juan Cosio, llamado fray Juan del Sacramento, predicador célebre en aquella era. Así la religión abrigó á un tiempo á cuatro hijos de Rey, avergonzados de serlo. Solo reconoció Felipe IV á D. Juan, y esto, no porque fuese más digno ni porque el Rey amase más á su madre, sino por virtud del Conde-Duque de Olivares, que tuvo vergonzoso interés en ello. El suceso es de los que más demuestran cuál era la privanza del Conde y cómo andaba la corte de España.
No había tenido hijos Olivares y, viéndose en tanta grandeza, lamentaba profundamente que no hubiese quien le sucediera en ella, si no era su sobrino D. Luis de Haro, á quien ya aborrecía. Recordó entonces que allá en sus mocedades, tratando él de por mitad con otro, con una señora fácil en galanteos, nació un hijo que no se supo á quién atribuirlo. Creció el niño, y llegando á mozo se halló sin nombre, con que rogó á don Francisco Valcárcel, que era el que con más publicidad galanteaba á la madre que se permitiese usar del suyo, lográndolo después de muchas súplicas á la hora de la muerte. Con el nombre de Julián Valcárcel pasó de soldado á Milán y á Flandes aquel mozo, y luego volvió á Madrid, señalándose dondequiera por sus desenvueltas costumbres. Aquí en Madrid fué donde el Conde-Duque puso los ojos en él, determinándose á reconocerle por hijo. Y para que no fuese de tanto escándalo y cubrir su infamia con la del Rey, persuadió á este que reconociera á D. Juan el hijo de la Calderona. Tal fué el origen ruin de aquella preferencia. El Conde-Duque no sólo reconoció á Julián Valcárcel por hijo, que fué aquel D. Enrique Felipe de Guzmán, presunto Presidente de Indias, sino que para casarlo con la hija del Condestable hizo deshacer con frívolo pretexto el legítimo matrimonio que tenía ya contraído con una dama de regular calidad, prestándose á tal infamia el Obispo de Ávila, en quien el Papa delegó la decisión del pleito y consintiendo luego el Condestable en el nuevo matrimonio, sobre vil, adulterino.
No fué D. Juan de Austria en adelante más moderado que su padre en lascivias; quedaron á su muerte tres hijas naturales en otros tantos conventos de España y Flandes. Y hasta el valeroso infante D. Fernando pagó tributo á la flaqueza de la época y á su extraña condición que no le permitía ser casado ni clérigo, dejando una hija ilegítima que se llamó Doña Mariana. Fué este reinado, como el de Felipe III, modelo de fanatismo religioso, modelo de lascivia. La culpa fué en mucha parte del Conde-Duque; llegó su audacia hasta el punto de justificarla en el Príncipe con agudas é ingeniosas razones. Porque habiéndole reprendido el Arzobispo de Granada, maestro que había sido del Rey, por las salidas nocturnas que con él hacía el de Olivares, le contestó éste que de Felipe III, cuyas omisiones se acusaban, aunque tan virtuoso y esclarecido, de criarse tan á solas le procedió el no saber vivir sin otro. «Y como yo, añadía, no quiero á S. M. para mí sino para todos, no querría que dejase de conocer tanto mundo como tiene á su cargo. Y así no le suplicaría yo que se quedase en casa si le viera inclinado á salir con la moderación y templanza proporcionada á su persona. Que á otro fin no creo que lo intentara, ni osaría yo aconsejárselo porque V. S. I. lo dejó tan bien doctrinado, que desde luego empezaran los peligros de persuadirle cosas injustas.» La sátira podía ser buena, pero la doctrina era detestable. Y no fueron más castos, ni mejores en suma que Olivares los demás Ministros de Felipe IV.
Consérvase aún inédito un memorial burlesco que se supone presentado por la villa de Madrid al Rey, cuando salió de ella á la jornada de Cataluña, en el cual se hallan curiosos datos sobre aquéllos, y el estado que tuviesen entonces las cosas públicas. «Sirve, se dice en él, á V. M. la villa con tres mil hombres cuyos sueldos, bien pagados, han repartido entre si los regidores; cualquiera valdrá por diez en la facción de los sacos, según van ejercitados en los vecinos de Madrid. Parécele á la villa que si tan grandes desgracias las causan nuestros pecados han de cesar por la enmienda que no es poco principio la confesión que V. M. y el Conde-Duque han hecho de sus dos hijos. Libres se hallan los vasallos de dares y tomares y V. M. y el Conde-Duque; porque V. M. no tiene ya más que pedirles, ni el Conde ya más que quitarles. Volverá V. M. victorioso porque Dios N. S. es enemigo de grandes, y muy amigo de humildes, y España está ya por tierra. Ejecutan los Ministros resoluciones de apóstoles, y las exceden, que aquellos se desembarazaron para seguir á su maestro de las redes, y ellos para servir á V. M. no se embarazan con ellas, y mas las llevan tendidas pescando hombres y dinero. Si son bienaventurados los que no vinieren ni entendieren y creyeren, todos venimos á serlo con creer que hay ejércitos sin verlos. Al marqués de Leganés se dé título de marqués de Tarragona, y conde de Barcelona, que siendo cosa suya está seguro que no la pierda, y siendo ajena, la conquistará sin sangre, con solo la de su primo el Conde-Duque. Hágase una junta por si faltare dinero de D. Francisco Luzón, D. Lorenzo de Ulloa, Bernardo González y Diego de Salas, que ellos dirán cómo se adquiere dinero para lucir y triunfar sin rentas.» Cuando murió Felipe IV, era natural todo estuviese en peor estado todavía; los Ministros y altos empleados no eran ni más honrados ni más sabios; los ejércitos eran menos visibles, la moralidad no era mayor, nuestras fuerzas no podían ser más humildes.
Entonces hizo Dios que viniese la Monarquía á poder de Doña Mariana de Austria, mujer de menos cualidades y de tantos vicios como su marido; y como dejase la Monarquía el infeliz Carlos II, no tenemos que decirlo nosotros cuando poseemos relaciones de los escritores contemporáneos cuál fuese á la sazón el estado de España: mejor que nosotros lo diríamos, lo acentuó un escritor contemporáneo con estas palabras: «Hallábanse, los reales erarios, sobre consumidos empeñados; la real hacienda vendida; los hombres de caudal unos apurados y no satisfechos, y otros que de muy satisfechos, lo traían todo apurado; los mantenimientos al precio de quien vendía las necesidades; los vestuarios falsos como exóticos; los puertos marítimos, con el muelle para España, y las mercadurías para fuera, sacando los extranjeros los géneros para volverlos á vender beneficiados; galera y flotas pagados á costa de España, pero alquilados para los tratos de Francia, Holanda é Inglaterra; el Mediterráneo sin galeras ni bajeles; las ciudades y lugares, sin riquezas ni habitadores; los castillos fronterizos, sin más defensa que su planta, ni más soldados que su buen terreno; los campos sin labradores; la labor pública olvidada; la moneda tan incurable, que era ruina si se bajaba, y era perdición si se conservaba; los tribunales achacosos; la justicia con pasiones; los jueces sin temor á la fama; los puestos como de quien los posee habiéndolos comprado; las dignidades hechas herencias ó compras; los hombres tan vendidos en pública almoneda que solo faltaba la voz del pregonero; letras y armas sin mérito y con desprecio; sin máscara los pecados y sin honor los delitos; el real patrimonio sangrado á mercedes y desperdicios; los espíritus apegados á la vil tolerancia, ó á la violenta impaciencia; las campañas sin soldados ni medios para tenerlos, los cabos procurando vivir más que merecer; los soldados con la precisa tolerancia que pide traerlos desnudos y mal pagados; el francés como victorioso, atrevido; el Emperador defendiendo con nuestros tesoros sus dominios; y finalmente, sin reputación nuestras armas; sin crédito nuestros Consejos; con desprecio los ejércitos y con desconfianza todos»[30]. ¡Cuadro elocuente y completo al cual es imposible añadir pincelada alguna! Carlos II no puede decirse ya que vivió ni reinó; no hizo más que agonizar en el Trono al tiempo mismo que agonizaba la Monarquía. De Felipe III á quien se llamó el Piadoso y Felipe IV el Grande y Carlos á quien algunos llaman el Deseado, apenas puede decirse quién fuera más funesto á la Monarquía.
Y contemplando esta misteriosa sucesión de reyes á cual más ocasionados al daño por diversos motivos, si uno por fanatismo, el otro por liviandad y por enfermedad el otro; y viendo que entre los privados consejeros y Ministros de aquellos reyes no hubo tampoco ninguno que no contribuyese con sus golpes á la demolición de la Monarquía; recordando al avaro duque de Lerma, al ambicioso de Uceda, al galán de Olivares, al imbécil de D. Luis de Haro; á Nithard, á Valenzuela, á D. Juan de Austria, á Oropesa, todos igualmente ineptos, ó flojos, sin que ni un Sully, ni un Richelieu, ni un Mazarino viniese por azar á entender en nuestras cosas, el ánimo se suspende y llega á creer en que la ruina de España estaba decretada por Dios. Del seno de esta historia desdichada brota sin querer tal idea. No era Luis XIII rey más estimable ni más apto que Felipe III; no era Doña Ana de Austria mujer más hábil que Felipe IV, ó Doña Mariana; no era el mismo Luis XIV, tan digno como lo hicieron los sucesos del título de grande. Pero todos ellos tuvieron grandes Ministros; y de grado ó por fuerza, por amor ó por convencimiento, todos acertaron á tomar de entre sus vasallos, ó los extranjeros, los más capaces de hacer feliz á la Francia. Por eso fué feliz. En España no se ve un solo Ministro con cualidades de hombre de Estado, y, con esto solo, podría explicarse nuestra ruina. Faltó en todos, según el economista Osorio y Redín, el don de consejo; que pobremente explicó Campomanes diciendo que debía consistir en tener establecidos métodos constantes de aprovechar útilmente las personas. El don de consejo que faltó en España fué el que tuvo Sully y el que han poseído tantos Ministros extranjeros: el de advertir las necesidades públicas á tiempo y aplicar á ellas los oportunos remedios. No tuvimos en el poder un solo hombre que así fuera, al paso que abundaban otra casta de hombres funestísimos á la república que hoy llamamos hombres de Gobierno; capaces de oprimir, de vejar, de contener; incapaces de administrar, de favorecer, de remediar, de atender al bien público.
Ni son solo los malos gobernantes los que vienen á dañarnos, y el tener cabalmente hombres muy grandes las naciones enemigas de España, cuando nosotros los teníamos tan pequeños, sino que acuden también á precipitar nuestra ruina casuales sucesos. Felipe IV nos deja una minoría desastrosa, cuando ni en siglos antes ni hasta siglos después se ha visto otra en España, y Carlos II muere sin sucesión por dar lugar á una nueva dinastía y á una guerra sangrienta. Con la España austriaca pereció la verdadera, la antigua, la grande España de los Reyes Católicos, no quedando más que el odio que á causa de lo pasado nos han profesado hasta ahora unánimemente los extranjeros. Tan grande fué el temor que les infundimos en la prosperidad, que no parece sino que dudaban en dar crédito á nuestra ruina; á la manera que el león herido en las selvas todavía espanta con las convulsiones de la agonía, y aún su cuerpo desangrado infunde ira y miedo. No juzgaban á España bien muerta por más golpes que descargaban á mansalva en su exánime cuerpo. «Nación, dice Schiller, temible mucho después de serlo; aborrecida y acosada mucho después de merecerlo.» Por ventura, ¿no será más temible nunca, ni merecerá más el odio extranjero?