Es difícil. La decadencia de España coincidió desgraciadamente con la constitución definitiva de la Europa; con el sistema de su equilibrio, con los grandes descubrimientos y adelantos científicos, con la generación de todos los intereses, de todos los principios, de todas las necesidades que hoy tiene el mundo. El siglo xvi y la primera mitad del XVII, no pueden ser considerados sino como el fin de la edad media y el principio de la edad moderna. Hoy día la grandeza de España sería un acontecimiento de inmensa importancia capaz de trastornar por sí solo la situación política del mundo, al paso que no puede realizarse sin firmes, jigantescos esfuerzos, que hagan adelantar á la nación en pocos años, lo que ha atrasado en algunos siglos. Los monarcas que sucedieron á Carlos II, aunque no tan enfermos como él, ni tan disolutos como Felipe IV, ni tan fanáticos como Felipe III, estuvieron lejos de alcanzar las altas calidades de Fernando V, Carlos I y Felipe II, y de tener su fortuna. Puestos en el Trono contra la voluntad de Europa y de una parte muy considerable de la Monarquía, encadenados al capricho de la Francia que los había engendrado, y á la cual debían sus personales grandezas, absolutos en una nación sin unidad ninguna, copistas serviles en un pueblo enteramente original y de peculiarísimas costumbres y necesidades, tímidos en el bien como en el mal, sin graves defectos el peor, con pocas cualidades el mejor de ellos, no han hecho más que prolongar el estado de decadencia á que nos trajo la dinastía austriaca. Tal vez no han aparecido durante un siglo nuestras flaquezas tan á los ojos del mundo; pero es porque los nuevos monarcas no eran ya tenidos por bastante temibles para que las demás naciones se ocupasen en averiguarlas. Á la España de Carlos II no se la podía negar su importancia; era preciso arrancársela á jirones.
La España de los últimos Carlos estaba como olvidada, y no se reparaba en ella sino cuando se movía perezosamente para acabar de perder la antigua gloria de nuestras banderas en África y Gibraltar, ó para entregarse en brazos del extranjero, como en el pacto de familia y en los tratados de Bayona. Los últimos reyes de la casa de Austria perdieron el Portugal, el Brasil y la Holanda que nos habían traído. Sus sucesores, que no han sabido traerle á la Monarquía una pulgada más de tierra, dejaron que ella se hiciese pedazos entre sus manos, unos con más, otros con menos culpa, todos por ser harto pequeños para conservar los restos de nuestra grandeza, y restituirnos algo del antiguo honor y poderío.
No presenta la historia ejemplo de una desmembración de territorios tan inmensa como España ha padecido durante los reinados de la casa de Borbón: ni la caída del imperio romano la ofreció semejante. De los dominios de esta vil Monarquía de Carlos II, cuya dolorosa pintura terminamos, se han formado todavía en Europa los reinos de Bélgica y de Nápoles, gran parte del de Cerdeña, y del llamado Lombardo-Véneto. En América, el imperio de Haiti y diez repúblicas: Méjico, Guatemala, Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, la Plata, Chile y Santo Domingo[31], sin contar con los inmensos territorios de la Florida, la Luisiana, Tejas y California, que hoy se cuentan entre los de la Unión Americana, ni las innumerables posesiones que nos ha quitado la Inglaterra, porque en Asia y África y América y en la Europa misma, apenas se puede dar un paso sin tropezar con nombres españoles, que señalan provincias y fortalezas de aquella enemiga afortunada. Ni es este el mayor de los males que nos haya originado la pequeñez de miras y la capacidad de nuestros últimos reyes. Lo que nunca podrá deplorarse bastante será el íntimo decaimiento del carácter nacional, de aquella noble y altiva naturaleza que podía ser oprimida y desaprovechada, pero que hacía aún de la española una de las razas más respetadas, aunque más calumniadas y aborrecidas del mundo. Cosa debida sin duda á la indiscreta importación de leyes y costumbres y necesidades extranjeras, que quebrantaron las tradiciones, y trastornaron los sentimientos, y arrancaron la antigua fe, y entibiaron la dignidad antigua de nuestra raza. Ni puede decirse que hayamos ganado mucho en bienestar material, porque no se halla hoy menor diferencia de España á Inglaterra ó Francia en esta parte que hubiese en los días de Carlos II; ni es comparación que pueda hacerse sin tener en cuenta el movimiento progresivo de las otras naciones en artes, industria, comercio y bienestar público.
Con la guerra de la Independencia, donde el antiguo carácter español se mostró de repente tan poderoso como en sus mejores días; con la última guerra de sucesión, donde también se ha empleado en las opuestas pretensiones algo de la fortaleza y esfuerzo moral del siglo xvi; y con los sacudimientos revolucionarios que han esparcido nuevas ideas, y leyes y necesidades por todas partes, desenvolviendo una gran actividad y un anhelo fructífero de trabajo y de adelantos materiales, se ha inaugurado un nuevo período histórico para España; período decisivo, cuya responsabilidad no podrá menos de espantar á todos los que sintiéndola, en sí, como hijos de esta época, consagren algún culto al deber y el patriotismo, aquellas nobles ideas por las cuales vivieron y murieron nuestros padres. España puede ser todavía una gran nación continental y marítima, uniéndose pacífica y legalmente con Portugal su hermana, comprando ó conquistando á Gibraltar tarde ó temprano, y extendiéndose por la vecina costa de África. Pero también puede quedar reducida á nulidad vergonzosa, ejecutándose en todo ó en parte, y antes y después, aquel funesto pensamiento de los Bonapartes que era traer al Ebro la frontera francesa y dando á Portugal la Galicia, repartir la Península entre dos Coronas casi iguales en poderío. La sabiduría del Trono, el patriotismo de la nación, el espíritu de libertad y de gloria pueden lograr lo primero. La imbecilidad de los que manden y el envilecimiento de los que obedezcan pueden traernos á lo segundo. Y no hay tanto que esperar como se piensa, porque el mapa de Europa va á constituirse de nuevo. ¡Ay de los que no sustenten bien sus intereses! ¡Ay de los que queden perjudicados en ellos y tengan que esperar, para resarcirse, á una nueva recomposición de este mapa europeo que con tantos defectos es hoy el mismo poco más, poco menos, que dejaron construído las guerras de principios del siglo XVIII y señaladamente las que originó la sucesión de Carlos II! No se ha de hacer una Europa distinta cada día.
Notas Al Calce:
[1] Gabr. Rosa: Storia generale della Storia (seconda edizione). Milano, Napoli, impr. Bernardoni, 1873, pág. 412.
[2] Gil González Dávila: Historia de Felipe III.—Marqués Virgilio Malvezzi: Historia de Philippe III desde el año 1612 hasta su muerte.—Bernabé de Vivanco: Historia del rey de España D. Felipe III desde el año 1578 hasta el de 1626.—Gonzalo Céspedes y Meneses: Historia de Felipe IV, rey de las Españas.—Bernabé y Francisco Vivanco ó Matías de Novoa: Historia de Felipe IV.
[3] Dell'origine, progressi é stato attuale d'ogni letteratura. (Parma, 1782.)