El picador, despierto por el contacto de la piel perfumada, suave y sedeña, lanzó un mugido de toro satisfecho y aprisionó el brazo. Comenzó a cubrir de besos ansiosos los finos dedos y luego la palma de la mano. Nieves le dejaba hacer risueña. Pero él, enardecido, seguía subiendo, paseando por el brazo los gruesos labios. Entonces ella quiso arrancarle la presa, pero él, brutal, enloquecido por el vino y la lujuria, la mantuvo prisionera entre sus brazos, buscando ansioso con la boca voraz la fresca boca de la chiquilla. Ella forcejeaba por desasirse, bromeando primero, furiosa luego; sus manos caían sobre la cara enorme del sátiro, abofeteándole sin piedad; las uñas de pétalos de rosa clavábanse en la piel dura, áspera, curtida, haciendo correr la sangre; pero él, sordo y ciego, insensible a todo lo que no fuera su sed de posesión, se enardecía más y más.

La Vinagre le animaba:

—¡Duro con ella!

Y el mismo Joselete, mostrando en una sonrisa mala los dientes de carnívoro, insinuó burlón:

—¡Que te puede!

Nieves, vencida, sintiendo flaquear sus fuerzas, impetró auxilio de su amigo:

—¡Jimmi, a mí!

Quiso él levantarse para ayudar a su compañera, pero la Ansiosa le echó los brazos al cuello:

—¡Déjala! ¡Qué te importa! ¡Tú pa mí!

Jimmi sacudiole un puñetazo en pleno rostro que la hizo echarse hacia atrás, manando abundante sangre por las narices.