La Vinagre rió con cruel satisfacción:
—¡Anda! ¡Pa que te metas con señoronas!
Los demás, conociendo la saña feroz del torero, aquella ira blanca que hervía en él, sobre todo cuando tenía los nervios excitados por el alcohol, le miraron temerosos; pero Joselete pareció echarlo a broma:
—¡Mozo! ¡Vino!—Y siguió como si tal cosa. Sólo en los ojos había una luz maligna, cruel.
Ahora era Jimmi el que se defendía de las mujeres:
—¡Basta de besos, que no soy el Niño de la Bola!
—¡Pero te quiero! ¡Te quiero, mi negro!—Musitaba la Ansiosa con suspiros que levantaban con sacudidas volcánicas la enorme pechera.
—¡Ay, nene! ¡Qué rico eres!—Y la Pilar le besaba anhelante.
Seguía la juerga. La Pechuguita se había arrancado con una copla; los chulos palmoteaban, y el peligro parecía conjurado. Pero Nieves, incapaz de estarse quieta, deseosa de emociones fuertes, no dejaba dormir a las fieras. Habíase encarado con el Marrón, que echado hacia atrás en la silla, apoyada en la pared, el cordobés a la nuca, los cabellos pegoteados a la frente por el sudor, desabrochado el chaleco y el rostro abotargado, dormitaba la borrachera, y esbozando una caricia pasole la mano por la cara e interrogó:
—¿Y tú, chotillo? ¡A ver si no te duermes!