—¿Qué es esto? ¡Pa gritar a la plaza de la Cebada! ¡A ver si va a poder ser que te calles y no metas el remo!

La Pechuguita intervino a su vez:

—¡Mujer! ¡no eres tú nadie chillando! ¿Qué mosca te ha picao!

—¡Que qué mosca me ha picao! ¡Que el Serranito es mío, mío y mío, y na más que mío, y no me da la pajolera gana que venga ninguna señora con su pan comío a camelármelo! ¿estás tú?—Calló un instante, roja de ira, y luego, con risa epiléptica y voz chirriante, ahogándose de coraje, siguió:—¡Señoras! ¡señoras! ¡Ja! ¡Ja! ¡Aparte usted, hija, que me tizno! ¡Señoras! ¡Y luego, en cuantito que ven unos pantalones!... ¡catapum! ¡adiós, señorío! ¡Señoras! ¡me río yo de tantismo señorío! ¡Más señora soy yo, que me lo gano con mi cuerpo pa gastármelo con un hombre a quien quiero, que otras que yo me sé, que andan por ahí presumiendo pa luego venir a quitarnos lo nuestro!... Pues...

Joselete cortó airado, empuñando una botella en ademán de tirársela a la cabeza:

—¡A ver si va a poder ser que te calles, burra, o te rompo los morros de un botellazo!

Y como rezongando siempre, la prójima obedeciera, se encaró galante y rendido con Nieves:

—¡Qué van a mirar estos ojitos de sol al banderillero, teniendo al matador mochales por ellos! ¿Verdad, lucero?—e inclinándose hacia ella, intentó robar un beso a los labios de grana.

Pero Nieves, echándose hacia atrás rápidamente, rehuyó la caricia, y ni corta ni perezosa le plantó una bofetada:

—¡Quieto!