—¡No seas sobona!

—¡No me quieres!—gimió ella, con su vozarrón de vaca.

Jimmi se sintió chulo:

—¡Que te voy a querer! ¡Amos, tú estás chalá!

Mientras tanto, Joselete formalizaba en toda regla el sitio que tenía puesto a Nieves:

—Porque si usted quisiese, prenda, iba a ver lo que es un hombre.

Ella rió hermética, y mientras el torero, en rapto de mal contenida pasión, se inclinaba para besar su mano, buscó con los ojos al Serranito.

La Vinagre, alerta siempre por los rabiosos celos que todas las mujeres despertaban en su desconfiado espíritu de mujer madura, interceptó la mirada, y encarándose con la traviesa dama, apostrofó:

—¡Cochina! ¡puerca! ¡bribona! ¡púa!

Todos la miraron asombrados por el exabrupto, y el matador, contemplándola severo, interrogó: