Y presidiéndoles a todos, con su aire inimitable de gran señora, fresco el rostro a pesar de los años, los blancos cabellos cubiertos por la negra cofia, y por los hombros la manteleta de encaje, que prendía al pecho con antiguo broche de lapizlázuli y brillantes, la condesa sonreía, abanicándose lentamente con uno de aquellos admirables abanicos que constituían su pasión. Porque los abanicos eran su vicio: teníalos de oscura concha, incrustada de oro y plata a la moda del reinado de Luis XIV; de nácar, con soberbias incrustaciones, como los que en algunas escenas violentas de la Corte rompieran las blancas manos de la Pompadour; de largas varillas de marfil, con pintadas miniaturas, como los que entre los dedos de la Dubarry señalaron a los Borbones la ruta de la guillotina.

Era la condesa de Campazas mujer de talento extraordinario: sabía hablar sin pedantescos desplantes, pero con la autoridad que le daban los años y la experiencia, y lo que es mejor, tenía el raro arte de saber escuchar. Con singular gracejo ponía el comentario, lleno de filosofía, o colocaba un chiste de buena ley, terciaba en las discusiones acaloradas, suavizaba asperezas de juicios apasionados, velaba la broma con exceso subida de color, y, sin ofender al maldiciente, echaba un capote por el ausente amigo.

Aquella noche, sin embargo, las horas habíanse deslizado gracias a la serena palabra de Don Clodoveo Zurriola, con una placidez que, puesto que a ella contribuían las ninfas y pastores de la fábula, podemos llamar pastoril. Aún no había acabado el sabio su disertación y el grupo de oyentes (cuyas exclamaciones y dicharachos asustaban a la Witiza), engrosado, llegaba ya al salón.

Iban llegando damas procedentes del Teatro Real, donde la Saralto había cantado un Bale in Maschera, y junto con ellas los muchachos que hacían su escala allí antes de irse al Veloz a tirar de la oreja a Jorge, y los viejos del palco de la Infantil, más entusiastas de la bella tiple que de la ópera, que, por no ser menos, seguían la misma ruta de los muchachos.

Pero ni la voz admirable de la Bezké, ni los devaneos de la Sanz, ni los simpares gorgoritos de la Patti, consiguieron distraer la atención del primer sujeto. Había, por el contrario, tomado la palabra Ramón Alvarez de Simancas, uno de los recién llegados, y con su estilo jocoso, desvergonzado, hacía la aplicación de la fábula de Hermafrodita a algunos amigos y amigas ausentes.

Alto, fornido, guapo, con varonil belleza, era arrogante, bravucón, rendido con las damas, a las que trataba con una mezcla extraña de respetuosa pleitesía y atrevimiento, confianzudo, mirándolas siempre en mujer, nunca en señora; sencillo con sus amigos, altivo con los extraños, aficionado con exceso a cuentos y chascarrillos verdes. Constituía el tipo perfecto del antiguo elegante español, antes que el sport convirtiérale en una caricatura del extranjero, transnochador, aficionado a alternar con pelanduscas y toreros, dado a la burla, apasionado de la fiesta nacional, jugador y pendenciero.

Contaba ahora la historia de cierta dama que, culpable de lesbiana pasión por una amiga suya, no había discurrido mejor ardid que en una noche de fiesta escabullirse del salón, merced al bullicio, e irse a esperarla en su propio lecho.

Y proseguía su historia, contando cómo cierto galán, harto audaz en lides de amor, y animado por no sé qué insinuaciones de la dama, decidió seguir la misma ruta que la descarriada señora, y cómo, tras un discreto desposeerse de ropas en la oscuridad, habíanse encontrado entre las sábanas, con los episodios a que tan donosa equivocación dio lugar. El salón entero, convertido en Decamerón por obra y gracia de aquellos cuentos dignos del señor de Bocaccio, reía de buena gana la desvergonzada aventura. La misma condesa sonreía benévola; sólo Doña Recareda, estremecida de horror, ansiaba que se la tragase la tierra para no ver profanados sus castos oídos con tales aberraciones, y miraba a todas partes buscando la manera de escapar. Imposible. El salón rebosaba gente. ¡Y qué gente!

En pie, junto a la mesa de billar, la duquesa de Lorena escuchaba risueña, reverberando en el esplendor de su distinción suprema. Era una belleza del norte, fría y dura, que por su boda con el duque de Lorena había venido a ocupar uno de los primeros puestos en la sociedad madrileña, ciñendo sus sienes, que en lejano país de brumas oprimiera la diadema de los Príncipes mediatizados, con los ducales florones de los Grandes de España. Tenía un aire portentoso, una elegancia señoril que se reflejaba en sus menores gestos, una nobleza innata, inimitable. Su perfil correcto, enérgico, sus ojos dominadores y sus labios desdeñosos, aislábanla en una impenetrabilidad de diosa. El cabello castaño caía sobre la frente en abundantes rizos, que escalonándose por la cabeza, concluían en la nuca alabastrina en catarata de pequeños bucles; el seno blanco, nevado, emergiendo del cuadrado escote del vestido, servía de estuche a soberbio collar de perlas negras; el corpiño de raso corinto oprimía el talle inverosímil, y mientras por delante formaba largo pico sobre el delantal de terciopelo, de igual color que el vestido, bordado en dorados vidrios, por detrás formaba graciosas aldetas que caían sobre los pomposos petits motives de raso, sostenidos, primero por el oculto polisón, luego por grandes golpes de abalorios, y acabados por fin en larga cola redonda, pomposa, frufruante, prendida a la enagua de almidonados encajes por grandes lazos de seda. Y completando el conjunto, tenía brazos de estatua, que enfundados hasta el codo en las estrechas mangas, ocultábanse luego en largos guantes de Grecia; y poco más allá, y compartiendo su atención entre las historias y las tonterías que murmuraba a su oído Fernando Román, Julia Rialta, morena, graciosa, vivaracha, más morena aún en el traje de gro rosa con grandes poufs lazados de terciopelo negro, triunfaba en su castiza gracia de madrileña neta. Junto a ella, Felisa Zamora sonreía, sonreía siempre con su eterna sonrisa estereotipada, contenta de su belleza de Ofelia, de sus cabellos de oro pálido, que, tras partirse en dos rizos sobre la frente, formaban gruesa trenza en torno a la cabeza; de sus ojos cándidos, azules de cielo; de su blancura maravillosa de nardo, que lucía entre el tul celeste del escote, en forma de corazón, y de su talle inverosímil. Era tonta, con tontería inofensiva de grabado de modas; ahora mismo, mientras los demás hablaban, ella estaba pendiente de no descomponer los frágiles pompones de pálido matiz azulado, que sostenidos sobre la falda de pequeños volantes por guirnaldas de rosas salvajes, constituían la obra más elegante que salió jamás de las manos de Worth.

En contraste con ella, toda malicia, gracia e inteligencia, la baronesa de Montevideo, sentada en un puf turco, vestida toda de raso coral con guiones de terciopelo azul; menuda, frágil, los ojos verdes de gata, y el pelo de oro rabioso subrayaba los equívocos con risitas burlonas o hacía comentarios cortantes como filos de cuchillo, y daba empujones con el codo a Escipión Cimarra, que pretendía compartir el asiento con ella.