La Witiza se sintió anonadada. ¡No podía salir! Y las cosas tomaban cada vez peor cariz. Ahora habían dejado a un lado las historias burlescas y tocábale el turno a las narraciones truculentas. El marqués viudo de Casa Guzmán contaba cosas horribles, misteriosos hechos, fenómenos de transformación, raros caprichos de la Naturaleza; descubría monstruos humanos, casos de locura... La conversación despeñábase por los abismos de la pesadilla, y como en los cuadros de Bosco o en las aguas fuertes de Goya, iban y venían en raras zarabandas seres absurdos, criaturas híbridas, que se contorsionaban saliendo de lo grotesco para entrar en los linderos de lo doloroso.
Doña Recareda no pudo resistir más, y poniéndose en pie se despidió de la condesa:
—Yo me voy.
—¿Pero ha venido ya Rosendo—Rosendo era un viejo servidor de la Witiza—a buscarte?—interrogó la dama cariñosamente.
Habíase dado perfecta cuenta del malestar de su amiga; si hubiese habido menos gente, hubiese intentado cortar la conversación; pero con la casa llena era punto menos que imposible. Además, no la gustaba actuar de dómine, y mientras permaneciesen en los límites que marca la buena educación, prefería dejarles en libertad de desbarrar.
Doña Recareda mintió por primera vez en su vida:
—Sí, ya me han avisado.
—Pues no he oído nada—murmuró extrañada la dama.
Cruzó la vieja el salón haciendo equilibrios para no pisar las colas que se abrían en insolentes abanicos, y repartiendo reverencias, que la Montevideo calificó burlescamente de reverencias para uso de artista pedicure en Versalles, llegó al fin a la antesala, fría y destartaladota, adornada con dos o tres reposteros y algunos bancos. Allí esperaría. ¿Que estaban los criados? ¡Bah! Eran viejos servidores respetuosos, que la conocían bien y la rendirían pleitesía y que seguramente no contarían cuentos verdes delante de ella. Pero ¡sí, sí! ¡No contaba con la huéspeda! Para evitar a las señoras la molestia del humo y para hablar con más libertad, habíanse salido allí unos cuantos muchachos a fumar un cigarro, y en cuanto la vieron rodeáronla con afectuosas cuchufletas. Desesperada la infeliz, decidió partir, aunque hubiese de esperar en la escalera la llegada de su criado, y zafándose de sus manos, salió.
Estaba de Dios que en ninguna parte pasase tranquila aquella infausta noche. Como a los viejos Padres del desierto, Satanás entreteníase en ponerle a cada paso, ante los ojos, un cuadro de disolución o una imagen de pecado. En el último descansillo de la escalera, Petra Galván hablaba con Gaspar Monóvar, y el calor con que discutían y la distancia que les separaba no eran precisamente los exigidos por el recato. Doña Recareda Witiza creyó que su sola presencia tendría la virtud de separarles y hacerles tornar a los senderos del bien; pero se equivocó. La Galván limitose a alzar sobre sus hombros, iluminados por los fulgores de soberbio collar de esmeraldas, la amplia capa de seda blanca, forrada de albas pieles de cabra del Tibet, y dando un puntapié a la cola de terciopelo café, forrada de raso café con leche y bordada en cuentas de colores, siguió hablando como si tal cosa con el apuesto húsar, que a su vez limitose a pasar una mano acariciadora por la sedosa barba negra, partida por raya central.