Después de poner su pensamiento en Dios, la buena señora tomó una resolución heroica. Se helaría en el portal, pero prefería cualquier cosa a la contemplación de tales vergüenzas. Abrió la puerta y... estuvo a punto de desmayarse. En el amplio zaguán, enarenado, bajo la vacilante luz del farol central, los cocheros y lacayos, con sus gorras de visera y sus capotones oscuros, cubiertos por siete esclavinas de vivos chillones—el amarillo, el rojo, el verde de la heráldica de librea—hablaban, y lo que es peor, retozaban con retozos de faunos salvajes con cuatro o cinco ninfas callejeras, que entre pellizcos, achuchones y encontronazos, reían, aullaban y barbarizaban. ¡La apocalipsis! ¡Y para eso Dios había redimido al género humano! Indudablemente el fuego del cielo volvería a caer para arrasar tanto pecado como antaño cayó sobre las urbes malditas. ¡Las ciudades de Pentápolis quedaban en mantillas ante tanto vicio triunfante! Pero mientras las divinas llamas venían a purificar el fango, el ángel que había de ser guía del justo (encarnado ahora en la vulgar figura de Rosendo) no llegaba, y Doña Recareda decidió irse sola. ¡Todo menos quedarse allí! Santiguose mentalmente, y como quien en los horrores de un naufragio se echa al agua, lanzose a la calle.

Deprisa, muy deprisa, con andares hombrunos, subió la calle de Segovia. Por aquel camino, cruzando la de la Pasa, la Plaza del Conde de Barajas y la Escalinata, en un momento estaba en la Plaza Mayor, y de allí al Postigo de San Martín, donde vivía, no había más que un paso. El camino érale harto conocido, y lo modesto de su atavío la ayudaba a pasar desapercibida, de modo que, fuera de los encuentros con las nocturnas palomas y con algún rezagado borracho, nada había que temer.

En Puerta Cerrada respiró. Pese al valor que procuraba infundirse repitiendo a cada paso y como entreacto a las oraciones que rumiaba para impetrar auxilio de la Providencia frases alentadoras: «Estoy a un paso de casa». «En dos minutos estoy en mi calle». «A lo mejor me tropiezo con Rosendo». Iba temblorosa y llena de pavura. Las extrañas historias oídas en casa de la condesa bullían en su cerebro, poblando su imaginación de raros monstruos. Las escenas más absurdas—escenas de Sabat en que se mezclaba lo lúbrico y lo terrible—aparecíanse ante ella con una claridad de linterna mágica. Como las monjas poseídas por el Malo de la Edad Media, veía poblarse la noche de seres absurdos, inclasificables, dotados de los más extraños e indescriptibles atributos. Y los monstruos enlazábanse y desenlazábanse en nunca vistas combinaciones, hacían muecas lascivas o burlonas, tejían guirnaldas de cuerpos deformes, y entre aullidos y risotadas, que sonaban alucinantes en sus oídos, se desvanecían en las tinieblas.

Apretó el paso, y cruzando rápida el callejón de la Pasa, llegó a la Plaza del Conde de Barajas. Al desembocar en ella sintió una impresión de inmensidad o de vacío y se detuvo con el corazón oprimido por súbita angustia. Parecíale hallarse ante un precipicio sin fondo, abismo de negruras o enorme lago de quietas aguas turbias y verdosas; o mejor aún, haber llegado a la inmensa plaza de una ciudad muerta, donde no quedaban ni vestigios de la vida remota que en ella debió haber antaño. La atmósfera transparente y fría y el cielo de una serenidad polar, contribuían a la sensación de soledad y quietud mortuorias. Dominose; santiguándose cruzó la pequeña explanada y tomó la calle de Cuchilleros. Helada de espanto tornó a pararse. Ahora escuchaba tras de ella pisadas, pero no unas pisadas vulgares, sino unas pisadas opacas, silenciosas, pisadas de orangután, de secubo o de personaje felino. Permaneció quieta, sin atreverse ni aun a respirar; pero como nada sucedía y las pisadas parecían haber cesado, hizo un esfuerzo y miró atrás. Nada. Riose de su miedo y continuó la ruta.

En los escalones que suben a la Plaza Mayor dormían, hacinados, miserables trotacalles, golfos y pordioseros. Entre los montones de andrajos surgían de vez en cuando caras barbudas, enjutas, amarillentas, dignas de los viejos mendigos de Rivera; deformes rostros de goyescas zurcidoras de gustos, trágicas caretas pintarreadas de vendedoras de amor. Parecía aquello los despojos de un campo donde en una noche de aquelarre se hubiese librado una batalla. Un hedor a suciedad y miseria flotaba sobre los durmientes, apestando el aire. Y, sin embargo, Doña Recareda Witiza respiró satisfecha. Se encontraba más segura allí que en la soledad de la noche, perseguida por los trasgos evocados en las fatales conversaciones de casa de su amiga.

Al desembocar en la Plaza Mayor y cuando ya casi se conceptuaba segura, tropezó con un grupo de mozas del partido que se dejaban conquistar por unos arrieros. Trató de esquivarles y ellas, que notaron la maniobra, empezaron a lapidarla con groseras cuchufletas. Huyendo de la rociada, la dama cruzó a los jardinillos. Allí la luz era más escasa; los faroles, con sus temblorosos mecheros, no bastaban a disipar las tinieblas, y árboles y arbustos adquirían apariencias fantasmagóricas. La Witiza redobló el paso; de pronto surgieron ante ella tres hombres. Vestían a la moda chulesca: de ancho sombrero y capa uno de ellos, a cuerpo, con altas gorras de seda que dejaban escapar los tufos peinados en persianas sobre las sienes, los otros dos. Debían de ser borrachos, por cuanto despedían un olor a vinazo que tiraba de espaldas. Uno de los tres, el de la capa y el sombrero cordobés, cortola el paso, y plantándose ante ella, saludó jacarandoso:

—¡Olé las mujeres!

Doña Recareda, dando un rodeo, procuró zafarse; pero cuando ya lo conseguía, los otros dos la cogieron por las faldas:

—¿Desprecios? ¡Recontra con la señora! A nosotros no nos desprecia naide ¿está usté?

Indignada y aterrada a un tiempo, conminó: