—¡Suéltenme ustedes!
El vozarrón hombruno sonó más bronco y áspero que nunca.
Ellos parecieron ligeramente desconcertados. El más entero de los tres sacó una caja de cerillas, y encendiendo una con no poco trabajo, la aproximó al rostro de la asustada señora.
Un triple juramento, bárbaro, grosero, salió de las tres bocas:
—¡Remonche, si es un tío!
Aprovechando el primer momento de asombro, la Witiza consiguió librarse de ellos y echó a correr con toda la fuerza de sus piernas; pero pasada la sorpresa, los otros, con el tesón y la tozuda pesadez de los borrachos, echaron tras ella gritando:
—¡A ese! ¡A ese!
Al estrépito de los gritos y carreras, las prójimas y sus adoradores lanzáronse también a la persecución de Doña Recareda, y al fin consiguieron detenerla en el momento en que jadeante, próxima a desmayarse, se había detenido. Todos la interrogaron a la vez:
—¿Pero qué pasa?
—¿Qué, lan querío robá?