—Nosotros...

Una, más expedita, narró el suceso:

—Es un tío marrano que anda con faldas.

Doña Recareda, casi sin fuerzas ya, protestó débilmente:

—¡Soy una señora!

Pero el vigilante nocturno, escamado por la voz de bajo profundo, había aplicado la luz al velludo rostro y lanzaba una exclamación:

—¡Pues sí que es un tiu!—Y como ella aún intentase un postrer esfuerzo...—¡Hala para allá; en la Delegación veremus!

En aquella crisis de espanto, algo absurdo, inaudito, sucedió en el cerebro de la infeliz señora. Las historias oídas cobraron realidad; los monstruos quiméricos se animaron con calenturienta vida. Ella no era Doña Recareda Witiza, la honesta y noble dama, era uno de aquellos seres ambiguos, insexuados, híbridos, de la fábula. Y de pronto se irguió, y con los ojos fulgurantes como los de una iluminada, apostrofó a sus sayones:

—¡Atrás, canallas! ¡Yo soy la hija de Hermes, hijo del Cielo y de la Noche, y de la divina Afrodita, hija de Urano y el Mar! ¡Soy Hermafrodita!

Y cerrando los ojos rodó por tierra.