Sobre aquel fondo propicio, destacábanse las figuras actuales. En primer lugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigüenza, presidiendo la asamblea, sentadas en el diván; en torno a ellas las demás.
Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, más que moldeada podíasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muy llamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. El rostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamente rosa, tenía ojeras azules con exceso y labios que sangraban exageradamente embadurnados de pintura. El pelo teñido de rubio oro (blond d'or, goold watter) rizábase artificialmente bajo la toca empenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, en extravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandría vestida a la moda de París, poseía dos ojos de mirada cándida, luminosa y azul, que sabían mirar con ternura apasionada.
Nieves Sigüenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme también de líneas, pero más mujer y menos muñeca, era mimosa, ondulante, gatuna. Tenía un rostro inquietante que destacábase a modo de careta de alabastro azulado, traslúcida, bajo una cabellera de ébano tallado en grandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella máscara de Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labios rojos, gruesos, golosos y sensuales, reían provocativos, y engarzados en dos levísimos trozos de azabache que fingían las pestañas, dos tostados topacios de cábala lucían a modo de pupilas. Por fin, completaban la extraña incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frívolo y galante sobre el libor de la trágica mascarilla. Más complicada y erudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueños, y sabía hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Teócrito, y de la más prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento de Lorrain.
Frente a ellas, sentada en un sillón, las manos cerúleas cruzadas sobre el regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueño, Nora Halm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen de balada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba con atención meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, poseía, en contraposición con la exuberancia de las otras, una alegría serena, un callado arte de saborear la vida, aprendido en los interminables inviernos pasados en la mortuoria tristeza de los fiords.
Junto a ella, Beni Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuando reía con su risa seriecita de buen chico. Aquella muchacha con el pelo corto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavío sastre y el alto cuello almidonado, tenía una allure muy varonil, que subrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.
Eran los demás contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente que tenía el gesto rígido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasos encontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, el señor Heliogábalo, siempre con su inquietante apariencia de personaje de ultratumba invitado a una fiesta de espíritus; Julito Calabrés, abracadabrante en su atavío fasshionable, y Jaime Sigüenza y Gregorito Alsina.
Hablaban del caso de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la que sacara la conversación. Ella había amado mucho. En un tiempo, su frágil belleza de muñeca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornato de los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseada y, piadosa, no supo negarse. El Club entero pasó por sus brazos. No exigía de sus amantes sino una condición: la elegancia. Jóvenes o viejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todos sabía encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste, un no sé qué... Con lo único que era inexorable era con el chic. Y los hombres se la disputaron entre el odio y la saña de las demás mujeres. Hubo desafíos, suicidios, broncas, escándalos. Pero envejeció y los amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entonces la Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosas misteriosas del más allá la atrajeron con su peligroso encanto y su escalofriante interés, que sacudía sus nervios de detraquée con nuevas emociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba de contarlas y oírlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad del lecho (¡oh crueldad inexorable de los años!), estremecerse de miedo, y, tapándose la cabeza con las sábanas, santiguarse muy deprisa. Cada vez que moría un amante (cosa que, tratándose de una señora que tuvo tantos, forzosamente tenía que suceder con harta frecuencia), Lidia sufría un ataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que sólo se extinguía cuando al correr de los días, el difunto, bien hallado de su nuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando el espanto de ésta llegó al paroxismo fue cuando el suicidio de Pepe Madariaga. Aunque ella nada tenía que ver, pues las causas fueron el tapete verde, cierto Don Isaías Iscariote que practicaba la usura y una pájara francesa, metiósela en la cabeza ser la razón del drama. Pasó noches atroces en que a cada instante creyó ver la sombra del difunto, y hubo momento en que pensó en la conveniencia de implorar al sereno.
Ahora, como siempre, había sido ella la que en los azares de la charla evocó aquellas cosas. Rodando, rodando la conversación, había llegado a Guillermo Novelda, y Gustavo Mondragón, gran amigo suyo en vida, contaba el sucedido.
—Yo no sé si ustedes se acordarán bien de Guillermo...
—¡No habíamos de acordarnos!—habló Lidia—. Era un artista, músico, literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera. Todavía recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muñecos. «El mármol o el bronce—decía el pobre Noveldason demasiado inmutables, y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, la cera es más dúctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece... Una estatua siempre es un trozo de mármol o de bronce, mientras que una figura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaña, nos habla en el silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...»