—Sí; Guillermo fue un gran dilettante de todas las artes.

Lidia protestó con vehemencia:

Dilettante no; un artista, un verdadero artista. En sus obras hay chispazos, llamaradas de genio...

—Justamente—concedió Gustavo, razonando con las palabras de la dama—. Llamaradas, chispazos, pero nada más. Un contraste de color, la ejecución de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispación de una mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obra maestra quedó por hacer. Dejó retazos, fragmentos, bocetos; pero todo incompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un dilettante, genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada más que un dilettante.

—¿Y las figuras de cera?

—En eso, sí—asintió Mondragón—En las figuras de cera fue un artista único. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tentó siempre. Puso en él una inspiración enfermiza, malsana, que rimaba a maravilla con la materia prima.

Lidia Alcocer se estremeció al recuerdo. Casi temerosa, interrogó:

—¿Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidaré nunca. Jamás he visto nada más atroz, más impresionante, que aquella colección de muñecos. Casi todos eran personajes de novela ¡pero con una vida! ¡con una expresión! Había caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, de lujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con una expresión de angustia suprema. Cuando me las enseñó estuve mala tres días; luego, soñé con ellas mucho tiempo—. Y añadió a modo de conclusión:—¡Era un gran artista!

Gustavo sostuvo tercamente:

—Un gran dilettante.