Nieves terció en defensa del amigo muerto:

—Pues lo que es simpático lo era y de verdad.

—Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teoría de Oscar Wilde: «El sólo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora a una persona. Vive el poema que no supo escribir, así como otros escriben el poema que no supieron vivir». Guillermo vivió el arte que no supo crear.

—¡Qué agradable y qué divertido era!—insinuó la rubia Nora.

Beni adhiriose a la opinión de su amiga:

—Encantador.

Nieves, más psicóloga, dio una opinión complicada, en consonancia con su laberíntica espiritualidad:

—Era muy simpático, con aquella alegría ruidosa, comunicativa, en cuyo fondo había como un yacimiento de amargura, una tristeza un poco irónica, un desdén compasivo para las flaquezas de los demás y para sus propias flaquezas. Y era artista por naturaleza, artista del gesto, de la palabra, de la idea. Poseía el secreto de encontrar belleza en todo, una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste que estaba en sus ojos de él y que sabía hacer sentir a los demás. Parecía superficial; pero lo íntimo de su espíritu...

—Yo, que he ambulado por ahí con él a las altas horas de la noche—interrumpió Gregorito Alsina—, podría hablar mejor que nadie. La verdad, creí que era posse, pero su muerte trágica fue la firma que selló la veracidad de todo ello. Guillermo tenía como nadie el arte de saborear la sensación. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qué de las cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsos generosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma misma complaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a la vergüenza. ¡Y en el fondo, qué cruel escepticismo!

Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanudó: