—Pues ya se acordarán ustedes que primero le dio por frecuentar los salones, donde le acogieron en palmas. La vida fácil, alada, insustancial; la moral harto elástica y convencional, la frívola perversidad de todas aquellas gentes, le encantaron. Luego sintió la curiosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, según el mismo, no hizo más que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajes incongruentes, en que unas veces aparecía en las misteriosas ciudades del remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegué a creer que dábase esas caminatas por el gusto de epatarnos con una acuarela exuberante de color desde la India, una narración misteriosa desde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde la Costa Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches y trotacalles desde París o Londres. Así recorrió la India, China, Persia, Egipto; rehizo el Calvario, buscó las huellas de las ciudades del Pentápolis, soñó con el Templo de Salomón y las magnificencias de Tadmor, y un día...
Y un día desapareció. Por lo menos desapareció para todo el mundo; pero yo, que estaba unido a él por antigua y sincera amistad, aún seguí recibiendo vagas noticias de él. Primero unas postales fantásticas desde Ceylán, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en que decía haber encontrado el Paraíso terrenal; después unos renglones desde París, deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto, un descorazonamiento sin límites, y por fin nada. Cesó toda correspondencia e ignoré su paradero.
Un año después y otoñando en la capital de Francia, supe casualmente sus señas. Al día siguiente me encaminé a visitarle. Vivía al otro lado de los puentes, en una calle del viejo París, junto a la rue de l'Université, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calma provinciana, su poco tránsito y lo vetusto de las edificaciones, lo que la Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Caminé un rato entre los altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandes ventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto; los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecían cerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otras vidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginación me ofrecía extrañas imágenes, cuadros de la vida que fue. Parecíame que al través de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejos estrados Regencia de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillones de talla y panzudas consolas, que sostenían bajo fanal un reloj rematado por amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. En el salón había un clavicordio, y una damisela momificada, vestida con pomposas sedas, polvorientas y desvaídas, pasaba por el teclado amarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental; mientras, un galán, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella, para pasar las hojas del papel de música, y en una bergère, junto a la chimenea apagada, dormía un viejo caballero de blanca peluca y casaquín bordado.
Por fin tropecé con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados y sombríos hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entre patio y jardín, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeño, macizo, con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada. A un lado y por encima de alto muro, divisábanse algunos árboles centenarios, que aumentaban aún el aire de tristeza de la casa. Vacilé un instante, sobrecogido por el aspecto lúgubre de la morada que había ido a elegir Guillermo, y al fin, con súbita decisión, llamé.
Pasó un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo haberme equivocado, la puerta giró silenciosamente y en el dintel apareció un hombre:
—¡Tú!
—¡Tú!
Era Guillermo en persona. Vestía un pijama a rayas blancas y amarillas, y al primer golpe de vista me pareció demacrado y envejecido. Al verme había esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominándose, sonreía forzadamente. No cabía duda, mi presencia allí le sobresaltaba penosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease tener oculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepción, balbuceé:
—Si te molesta mi visita...
Dueño de sí mismo, halló los tonos de su antigua cordialidad.