—¿Molestarme?... ¡Qué disparate! Ya sabes que te quise siempre... Es que al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamente la esperaba.—Y luego animó:—Entra, entra...
Penetré en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cochera cerráronse tras de mí. Guillermo explicó:
—Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.
El zaguán era grande, lóbrego. Había allí un fuerte olor a humedad, a moho, característico de las viviendas abandonadas. Hacía frío, y mi amigo, tiritando, me propuso:
—Vamos arriba. Todo esto está helado.
La escalera que arrancaba del zaguán partíase al llegar al primer descansillo en dos ramales. Era una escalera señoril, con bóveda de cristales que la suciedad había empañado y oscurecido. Los muros agrietados tenían por todo adorno escudos de armas labrados en yeso, rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerrados postigos. El pasamanos de terciopelo rojo caíase a pedazos, y sobre los escalones de madera pintados de blanco, que con los años había tomado un tinte crema, veíase la señal de una alfombra que debió de haber en otros tiempos.
A media escalera notó que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con el rabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa que mostraba los dientes largos y amarillos, no me atreví a decirle nada y seguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecían surgidos allí a la evocación de mis sueños callejeros. Eran los viejos estrados que mi imaginación colocara tras los cerrados postigos; muebles Luis Felipe, de ébano, tapizados de reps granate, verde o azul, grandes, amazacotados, exentos de toda gracia; cómodas de Boule, horarios de pesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos, con sus riscos de mazapán y sus corderillos de cartón piedra, y pesados cortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo. Sobre todo ello habían caído inexorables los años; los sofaes, rotos, despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles; los muebles, descascarillados, arrancadas las incrustaciones, yacían rajados, con el mármol partido; los cronómetros, parados en horas misteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rígido abandono de las cortinas, no sé qué inquietante secreto. De las bóvedas, cubriendo los ángulos y enlazándose con las pesadas lámparas de cristal y bronce, pendían telas de araña. Por todas partes reinaba una semipenumbra temerosa y un acre, violentísimo, olor a humedad.
Guillermo se disculpó:
—Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y está como la encontré al alquilarla.
Después, abriendo una puerta y dejándome paso murmuró: