—Mi estudio.

El cuarto era mayor que los anteriores. Al través de una vidriera entraba la luz tristona del patio; sólo un rincón parecía haber sido arreglado; allí habían colocado un amplio diván hecho con tapices de Smirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadas sedas orientales; junto a él una mesilla de ébano y marfil, y defendiéndolo todo, un biombo de tapicería, sobre el que caía al desgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estancia correspondía en decorado y adorno al de lo demás de la casa; pero por todas partes veíanse en revuelta confusión, tiradas, cubiertas de polvo, dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento de inspiración, abandonadas luego en el desaliento de una impotencia absoluta. Cuadros empezados y sin concluir; luego estatuas inacabadas, rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados a modelar y abandonados luego en una monstruosa deformación, y por fin, sobre la mesa desordenada y polvorienta, cuartillas garrapateadas, libros deshojados... Respirábase allí una atmósfera enrarecida, cargada de humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extraño olor a cera quemada y flores marchitas que se respira en las cámaras mortuorias.

Novelda dejose caer en el diván; parecía aniquilado por el esfuerzo; estaba lívido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y sus manos temblaban levemente. Con un gesto cansado me señaló una butaca. Luego suspiró, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora parecía no abandonarle nunca:

—¡El amor cansa mucho!

Así el cable y deseoso de provocar una conversación que disipase la glaciedad que había en la atmósfera, echeme a reír bromeando:

—Por eso temí haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguien o esperases alguna visita...

Movió la cabeza negativamente:

—Mi amor está siempre conmigo.

Extrañome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez cierta inquietud indefinible que me azoraba, comencé a hablar de unas cosas y otras. Parecía como adormilado, dándome la sensación de que su pensamiento estaba muy lejos de allí. Mientras charlábamos le examinaba disimuladamente; ¡parecía imposible que aquel hombre fuese el mismo Guillermo Novelda que yo conociera antaño, alegre y dicharachero! Bajo la liviana seda del pijama marcábase la osamenta; el rostro demacrado tenía un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo de dos profundos surcos amoratados.

Le interrogué a boca de jarro: