—¿Fumas opio? Aquí huele a él.
—A mi Lady le gusta el olor del opio.
¡Otra respuesta cabalística! Tras ella quedamos en silencio largo rato. Guillermo parecía nervioso, inquieto, como si fuese presa de una lucha interior. Al fin, en la resolución del gesto adiviné que acababa de decidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:
—Te voy a contar la verdad, toda la verdad.
Sentí una sacudida eléctrica, frío en la raíz del pelo, un temblor que me corría por la espalda. ¿Qué atroz historia iba a escuchar? ¿Qué abismo del corazón humano iba a abrirse ante mis ojos?
—¡Ah, mi historia!—prosiguió Novelda—. Mi historia es algo extraordinario y vulgar, encantador y terrible. ¡Mi historia! Si yo hubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisición me hubiese quemado como poseído, como uno de esos brujos que hechizaban a las gentes clavando una aguja en el corazón de un muñeco de cera y bailando luego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia, quizás me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que me sucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.
Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban húmedos y pasábase nerviosamente las manos por los cabellos que debían erizársele.
Reanudó:
—¿Te acuerdas de mí en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombre feliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo el mundo (¿para qué falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido, insustituible. Un poco poseur...
Hizo una pausa, durante la que pareció meditar. Al fin siguió: