—La pose... ¿Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la pose no existe? La cultivamos más o menos, la combatimos con armas de vulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad está en el fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trágico o ridículo, pero más fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pese a nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos o geniales a pesar nuestro.—Excitábase al hablar. Continuó—: Yo, por lo que a mí se refiere, sé decirte que lo que las gentes llamaban mi pose y que yo cultivaba cuidadosamente, era más fuerte que mi menguada voluntad. Siempre he sentido una atracción invencible por el misterio, por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, los inexplicables fenómenos de que está llena la vida humana, esas escalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hecho imprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no sé qué misteriosos males, me inquietaron, despertaron en mí el anhelo de rasgar el velo de Isis. ¡Ah! ¡Si yo hubiera poseído la caja de Pandora, la hubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habría entretenido en contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico la oscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismo moral, extraño en un niño, complacíame en pasar largo rato con los ojos fijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de color indefinido, luminosos e hipnóticos; esos ojos en que brilla la atracción terrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agoreros de no sé qué secretos horrores. Pues con las cortinas me sucedía igual. Cuando vivíamos en la calle del Sacramento, en el viejo caserón de mis abuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos, con su cuarto azul y su galería de retratos, a todas las alucinaciones, llegué a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes. Mi imaginación enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceñialos a invisibles cuerpos, moldeaba absurdos torsos, les hacía temblar en imperceptibles estremecimientos, o los entreabría, mostrando al fondo de oscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez en cuando, veía surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el aún más temeroso claroscuro de las lámparas de aceite, una mano negra y peluda o una mano blanca, traslúcida, de dedos largos y descarnados que, parecía llamarme...
—Pues ¿y las figuras de cera?...
Detúvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Al fin continuó—: ¡La obsesión de las figuras de cera! Esa la he sentido siempre; creo que de muy niño me perseguía ya con su inquietud, que se traducía en una opresión, en un malestar extraño ante esos muñecos, frívolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa, tan honda y turbadora. En las ferias, en esos barracones donde exhiben fantoches, me gustaba ir estudiándoles uno a uno; tendía la mano para tocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con los reptiles, y costaba trabajo arrancarme de allí. Luego, hombre ya, cuando descubrí mis disposiciones para la escultura en cera, sentí un gran alivio, algo así como si me quitasen un peso de encima. ¡Era el pretexto conque engañarme a mí mismo! Años después, en Viena, mi rara obsesión resurgió súbitamente. Habíamos recorrido las instalaciones de un parque de recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevin admirable que había, sentí otra vez angustia anhelante que se tradujo en un deseo absurdo. ¡Era preciso que pasase una noche allí, entre todos aquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamente el cicerone.—Hubo otra pausa.—Nunca—, prosiguió el pobre Guillermo con voz estragada—nunca, por mucho que sea el horror de tu situación, podrás imaginarte nada semejante! Sólo el que herido y tenido por muerto, haya pasado la noche rodeado de cadáveres en un campo de batalla, puede figurarse algo igual. ¡Y aun ése está al aire libre! Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche. Los visitantes desfilaron, el director giró la última ronda y al fin sentí cerrarse las puertas, correrse los cerrojos ¡y me encontré solo, rodeado de los misteriosos personajes! Había luna, y al través de los altos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbrados los ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos. Entonces, alardeando de un valor que no sentía, giré mi visita de cumplido a mis compañeros de la noche. Allí estaban todos: rígidos, hieráticos, inmóviles, en posturas que durante el día se nos antojaban ridículas, afectadas, cómicas o prosopopéyicas, y que así, en el misterio de la noche, tenían no sé qué prestigio de una sinceridad casi dolorosa. Allí estaban, en el hall central, de pie o sentados en los bancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de la ceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napoleón, que las figuras centrales reproducían, damas y caballeros que en la fantasmagoría lunar eran herméticos e inquietantes; allí estaban el chasseur que tiende perpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se ha dormido, la enlutada triste...
Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de mis flaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardín contribuía a infundirme valor, pero llegó un momento en que se hizo un silencio absoluto. Aún me dominé. Fui a sentarme en el banco entre la dama enlutada y el caballero. Ella gemía quedamente; por el rostro muy pálido resbalaban lágrimas. ¡Bah! ¡Qué tontería! La volví la espalda y entonces mis miradas cayeron sobre mi otro compañero de banco. ¡Era un loco!; su rostro grande y blanco plegábase en absurdas muecas; sus cabellos crespos, peinados con cepillo, se habían erizado, y sus ojos de cristal fosforecían siniestros. Horrorizado, me alcé de allí y caminé a la ventura. Pero el botones me hacía muecas burlonas; los paseantes que permanecían petrificados, como habitantes de una ciudad maldita sorprendida por el fuego, volvían la cabeza a mi paso o tendían la mano para detenerme. Si yo me paraba, volvían a la forzada inmovilidad, pero yo les sentía remover. Entonces me confesé por primera vez que tenía miedo. Desmoralizado por aquella confesión, empecé a vagar de un lado para otro, prisionero de la siniestra mascarada.
Y comenzó para mí espantosa pesadilla.
En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figuras alucinantes, había dejado atrás la sala central, y descendiendo por una escalerilla, me encontraba en las cuevas. Allí estaban reproducidas escenas de la corte de Luis XVI y de la Revolución francesa. Primero los días felices, las pastoriles escenas del petit Trianón, el skating de Versalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, la archiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas, jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la misma archiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por una voluptuosidad que no se sabía si estribaba en el vértigo de la rapidez o en la apostura del galán, el vizconde de Charny, el infortunado caballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.
Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba por senderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y venían las extrañas escenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, las nocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohan con Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventuras de Monseñor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los bárbaros furores del pueblo, el asalto de Versalles, la Conserjería, el Temple... Toda aquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me había parecido casi risible, así, a la débil claridad lunar que se filtraba trabajosamente hasta allí, tenía un espanto de evocación. Los decorados falsos, contrahechos por la falta de espacio, adquirían en la semipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y me contaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes, jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleado al explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas, dolorosas; porque no eran la historia vista por el público, sino la historia verdad, la que sólo alentó en las almas, la historia del por qué de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero de Charny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que sentía latir el odio en derredor; Cagliostro me habló de su pasión por la infortunada Andrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos de ambición. Y todos me dijeron cómo entre corderos lazados de raso, embarques para Citerea, juegos de ecarté y sesiones de patines, prepararon el drama. Sólo la Lamballe, insustancial, graciosa, inconsciente, limitábase a mover la cabeza coronada de bucles y enguirnaldada de rosas.
Huyendo de los obsesionantes fantoches, bajé aún algunos escalones y me encontré en lo que representaba las cárceles: prisiones históricas, inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacían grandes criminales o grandes mártires. Allí estaban la Máscara de hierro, Juana de Arco, Gilles de Rais, Señor de Thiffages, el Marqués de Sade, el Príncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisín, la Marquesa de Brinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales de relativa actualidad. Yo no sé si la luz llegaba hasta allí o si eran mis ojos alucinados los que me fingían claridad en aquellas lóbregas catacumbas; pero yo veía, veía sobre la sórdida miseria de los calabozos las extrañas figuras, que la tristeza y el largo encierro habían demacrado y como traslúcido, cobrar vida para hablar conmigo. Y fue primero el rostro enjuto, los ojos negros, fosforescentes, dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa de terciopelo negro, bordada de azabache, del Marqués de Sade; luego la bárbara y altiva brusquedad del señor de Thiffages; más tarde el alucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisín o el ademán equívoco de la heroína de la rue de la Lune, y por fin la grosera torpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos también me dijeron su secreto. Sade, galante mundano, me habló de la voluptuosidad de ver correr la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquel placer más fuerte que su voluntad; Gilles gimió en uno de sus místicos arrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentes que temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de una fastuosidad salomónica, toda recargada de oro y pedrerías, el órgano entonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans, con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bramó aún bestial al recuerdo de sus víctimas. Y en el fondo de todas aquellas vidas, latía la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador que para la antigüedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media el pecado y para nosotros es el vicio, el huracán asolador de vidas, el extraño monstruo que yo sentía latir en mis entrañas! Fue una noche de locura, de vértigo; una noche en que a cada instante sentí vacilar mi razón; por la mañana me encontraron yerto, exánime. Llevado a mi hotel declaróseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, partí para la India.
—Calló un momento Guillermo. A mi pesar sentíame impresionado por tales historias. El ambiente del salón, el olor a opio y cera, aquel abandono de casa deshabitada, todo contribuía a acrecentar mi obsesión. El parecía fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida, prosiguió;—dábase ya en mi vida un fenómeno horrible, capaz de erizar el cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vacío en derredor mío, jamás he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir en la soledad cuando soy dueño del secreto de, en la soledad, poseer a la persona amada, no me importa revelártelo. Una misteriosa fatalidad parecía acompañarme, algo así como una jettatura que pesaba sobre cuantas personas se acercaban a mí. Yo era el manzanillo; mi sombra era fatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cariño o mi amistad en alguien; bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que la desgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiempos del suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en el Rhin, que tuvo la magnífica teatralidad de la última escena de una tragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato por los terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de Simeón Róssend, el gran banquero semita, y de la catástrofe automovilista que costó la vida al duque d'Arconville, y de la que yo salí milagrosamente ileso; la época de todos aquellos extraños escándalos mundiales en que yo me veía envuelto, según vosotros, por snobismo, en realidad por una fatalidad cruel. Huyendo de ella comencé mi éxodo, y en Ceylán conocí a Lady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de elegancia mundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, de enfermedades imaginarias, hay algunos verdaderos moribundos que gozan ansiosamente de las postrimerías de la existencia—uno de los encantos de la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que los mismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada por delante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas delicias al mundo—son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en una perpétua exhibición de joyas, de trajes, de honores y bellezas más o menos auténticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el hall del Indian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y quedé deslumbrado. No es dable imaginar nada más bellamente frágil, más delicado, más sutil y espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de un gran abrigo de raras pieles, aparecía envuelta en un traje de antiguos encajes de Venecia bordados en nácar; un fastuoso collar de perlas resbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caía hasta las rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes, y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oro pálido—ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan las princesas—, el rostro de fino perfil y óvalo perfecto, y en el rostro los ojos. ¡Los ojos! Eran dos zafiros pálidos que rebrillaban bajo la dorada sombra de las pestañas. Había en ellos algo misterioso y trágico: el dolor de morir. Desde entonces le amé; veíala todos los días, siempre sutil, frágil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes, con no sé qué de irreal, de imaginario. No parecía una criatura humana, sino una de esas evocaciones fantásticas de los ensueños de los paraísos artificiales, la abstracción de un pintor infiltrado por una mezcla de paganismo y misticismo, la tentación de un escultor asceta. En las promiscuidades de hotel no es difícil trabar conocimiento con las gentes, y además Lady Judith no se hacía inabordable; así que a los ocho días había conseguido conocerla, a los quince éramos amigos y algunos después hacíale la corte.
Una noche estábamos solos en la terraza del Indian. El cielo era como una inmensa bóveda de zafiro incrustada de brillantes; al través de un bosquecillo de palmeras, divisábase el mar como un encantado espejo que reflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la chaisse longue, vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul, tiritaba bajo la amplia pelliza de renard argente, haciendo rebrillar el portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor. Ella parecía escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta sólo a la armonía de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta de tzíganes, al rumor de los pájaros en el bosquecillo de palmeras o al lejano murmullo del mar. De improviso, se incorporó: «Le creo a usted sincero y voy a ser leal—habló con su voz cristalina en que vibraba sin embargo un extraño timbre de energía.—No sé si le quiero o no; sé únicamente que no seré nunca suya... suya, ni de nadie—añadió, al sorprender en mi un gesto de amargura.—Quizás le parezca raro en una mujer, mujer de mundo y gran señora por añadidura, esta crudeza. Lo lógico y lo corriente sería que yo flirtease, diese largas, me negara a tiempo... Pero hay una razón para borrar todos estos convencionalismos sociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridad de morir da un extraño, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujer cualquiera, perder una semana, un mes, un año, no importa nada. Para mí una hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario. ¡Tres meses de vida! ¡Tengo tres meses de vida!...—Hizo la inglesa una pausa.—Si le dijese que no sentía morir, mentiría. Pero segura de que no hay remedio para mí, me he resignado, y entre manchar mi agonía con potingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es bello en el mundo, he preferido esto último. Ya sabe usted el verso