Un bel morire tutta una vida honora
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Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Siguió:
—La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosa belleza mía (cuando le quedan a uno noventa días de vida la modestia es una estupidez) a la muerte se la debo. Así, viéndome sólo en las horas de respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, únicamente puede apreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de nácar de mi cutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos pálidas rosas que se marchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotros existiese la intimidad de dos amantes, vería usted también el lado feo de mi mal, y serían los espasmos de amor cortados por golpes de tos, y los besos que sabrían a sangre y a creosota... Además, ¡quién sabe!, yo soy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizás interesada en el juego, no tendría valor para acabarlo a tiempo, y asistiría usted al horror de una agonía, agravada aún por las ansias de vivir. Vería usted el desmoronamiento, la descomposición de mi hermosura, y en vez de un bello recuerdo, tendría la sensación de una pesadilla casi repulsiva.
—Comencé a formular un ruego—prosiguió Guillermo dificultosamente—pero ella no me dejó hablar.
—Usted es artista, un grande, único y admirable moldeador y le voy a dar a usted lo que un artista estima más: la belleza. Mi cuerpo será de los gusanos, pero mi belleza será de usted. Moldeeme una estatua; en estos tres meses de vida yo seré su modelo, y así, cuando yo muera, en vez de un recuerdo repulsivo, le quedará, hasta que a su vez le llegue la hora de morir, una imagen de belleza que ni años ni enfermedades podrán borrar. Como las heroínas antiguas, reinaré en su vida después de muerta.
—Y me tendió en señal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como la de un icono.
Guillermo enjugose la frente con el pañuelo y luego con trabajo continuó hablando:
—Tres días después, comenzaron aquellas extrañas sesiones de modelado. En la pesada atmósfera del invernadero convertido en estudio, siempre tendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofrecía a mis ojos toda desnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmórea escultura. Yo temblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla, contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habrían acabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebre pasional rayana en el delirio, ensañábame en el trabajo, encontrando un acre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sería mío. ¡Y qué modelo! Jamás pintor ni escultor alguno pudo soñar nada más bello que aquella viviente estatua que modelaba la muerte. ¡Nada de mórbidas delgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces ni de agónica viscosidad. Una elegancia insuperable, una maravillosa armonía de línea y de contorno y una piel fina, blanca y aterciopelada...! ¡Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunas veces hacíale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior y misteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero como por obra de sortilegio, cada día acrecentábanse más. De hora en hora, parecía espiritualizarse, afinarse, hacerse más sutil y transparente, sin perder jamás la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un día di mi obra por concluida. Ya no me faltaban más que los cabellos y los ojos, aquellos cabellos de princesa legendaria y la líquida transparencia que se filtraba por entre las pestañas de oro y que hacía pensar en la serena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma. Lady Judith tuvo una de sus enigmáticas sonrisas.
—Es tarde—murmuró.—Esta es la última sesión.