—Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedar sin concluir, añadió:—Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; sé que me muero...—Y como yo intentase atajarla, sin permitírmelo, con un vago tinte de ironía, aseguró:—Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mi marido y mañana vendrá con un yacht a recogerme.

«Yo imploré aún:—¡Esos ojos!... ¡ese pelo!...—Sonrió.—Los tendrá usted.

—Pasó un mes. Yo no sabía nada de Lady Woodstons. El yacht seguía anclado en la bahía. Al fin, un día, al salir a la terraza, vi que el barco se hacía a la mar. ¡Lady Judith había muerto! Loco de dolor, me precipité al hall del hotel para informarme de la catástrofe. Allí un groom me entregó un paquete. ¡Su letra! Desfalleciendo de emoción subí a mi cuarto y lo abrí. Había dos cajas. Rompí las cintas que sujetaban la mayor. Allí estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papel rezaba: «mi pelo». Tembloroso abrí la otra: «mis ojos», y vi en el fondo del estuche dos pálidos y admirables zafiros. Con todo ello completé mi estatua, y nuevo Prometeo, me enamoré de ella.

Hizo aún otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan pálido que temí por un momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enérgico se puso en pie.

—Voy a presentarte a mi Lady.

Les confieso a ustedes que sentí un vago malestar. Todas aquellas historias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor a opio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo más fuerte que mi voluntad me retenía prisionero allí, y con los ojos fijos en la puerta por donde había salido Guillermo, esperé. Al fin apareció en el dintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta por un enorme abrigo de chinchilla. Parecía enferma—una de esas irreales enfermas que van a morir a la corniche, entre sonrisas, rosas y naranjos en flor—, entregada por completo a su galán.

El gabán sólo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucían los ojos admirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo salía la fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraña pareja al diván, y con cuidado exquisito depositó Guillermo su carga en él. Después, con un gesto rápido, nervioso, como si temiese quemarse, abrió la pelliza que cubría la muñeca.

Lancé un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figura admirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y el luminoso azul de los ojos hacía presentir, acababa de ofrecerse a mi vista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas, los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por las huellas de las uñas que se habían clavado en él; en vez de la admirable estatua que esperaba tenía ante mí una de esas figuras que los inquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y que quemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.

Guillermo rió sarcástico y encarose con la estatua:

—¡Ah! ¡Parece que ya no gustáis tanto, Milady! ¡Parece que vuestra belleza está en el ocaso!