Después, dirigiéndose a mí, habló con voz estridente, en que vibraba un odio feroz:
—¿Comprendes? ¡La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y el olvido!... ¡Es la liberación!... ¡La batalla! ¿Comprendes? ¡Reinaré en su vida después de muerta! Si ahora me entregase a usted, vería el lado feo de las cosas, y día por día, hora por hora, enrojecería ante sus ojos; mientras que así... así mi belleza le sobrevivirá!... ¡Y ha envenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido mía, mía una vez siquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estaría para mí llena de dulzura; mientras que así, quimérica e impasible, reproduciendo su piel, que para mí no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dos piedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los de las muñecas, la visión perpétua de su desnudo maravilloso me persigue, me obsesiona, aniquila mi vida... ¡Y es la batalla! ¡Ahora es mía! ¡Mía! Aquel amor que en vida le asustaba porque podía marchitar su hermosura, la destroza día por día. Y hora llegará en que, fea y repulsiva, la arroje a un braserillo, donde se derretirá como los endemoniados muñecos que quemaban en las noches de aquelarre. ¡Y ese día, por fin, seré libre y el maleficio estará roto para siempre!
Se había puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas. En el diván, la figura abandonada parecía mirarle con sus pupilas azules de cristal y sonreír irónica con los labios destrozados a mordiscos.
Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se movía. Todos escuchábamos anhelantes la extraña historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al fin reanudó el hilo:
—Un año después volví a París. Durante el invierno, el recuerdo de nuestro infortunado amigo me persiguió como un remordimiento. ¡Había hecho mal en dejarle allí solo y abandonado a su extraña locura! Mi deber era haber avisado a su familia... El egoísta que todos llevamos en nosotros salía a mi encuentro con sus fríos razonamientos. ¿A qué familia? Guillermo no tenía sino parientes lejanos a quienes nada importaban sus cosas. Además, ¿con qué derecho iba yo a meterme en sus asuntos? ¿Quién era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida, revelado a mí en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocido de los salones. Y me había cruzado de brazos. Ya en París, decidí volver a visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbar mis nervios con todas aquellas raras historias, me hacían retrasar de día en día mi visita. Además ¡hacía tanto calor! Esto sucedía el verano pasado, y ya recordará usted la temperatura senegalina de que disfrutamos en todas partes, pero sobre todo en París. Por fin, un día hice un esfuerzo, me armé de valor y me encaminé a la rue de l'Université. Desde que pisé la calle, un presentimiento me oprimió. Un grupo no muy numeroso de gente permanecía estacionado precisamente ante la casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otros acabé por averiguar lo que sucedía: iba transcurrido más de un mes sin que el inquilino diese señal de vida. Como era harto misantrópico, al principio a nadie extrañó no verle, pero a la larga concluyeron por inquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez, acudió allí, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abría la puerta, acudió a la Comisaría, y por fin iban a forzar la puerta. Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, pedí hablar al comisario; presenteme a él, no como amigo, sino como pariente, que, inquieto ante un injustificado silencio, había hecho un viaje exclusivamente para saber a qué atenerse, exhibir documentos, y al fin fui autorizado a acompañar a la justicia en sus indagaciones. La puerta acababa de ser forzada y entramos todos en el zaguán. Un olor nauseabundo nos dio el alto. No era sólo el olor a humedad que percibí la primera vez que pisé aquella casa, era un olor a podredumbre, a carne muerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que salía ahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones, seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita, pero aún más lúgubres, más polvorientos, llenos de telas de araña y de cucarachas que corrían ante nuestros pasos. Y el olor hacíase cada vez más intenso y violento, tornando la atmósfera en irrespirable. Los agentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamos ante la entrada del estudio: el Comisario empujó la puerta y todos retrocedimos un paso helados de horror.
Sobre el diván, semidesnudo, yacía el cadáver de Guillermo, pero el cadáver devorado por ratas y gusanos, el cadáver sin labios ni nariz, con los ojos vacíos y las mejillas descarnadas; el cadáver negro, purulento, en plena fermentación, que estrechaba ferozmente, en una crispación sarcástica de las mandíbulas descarnadas, la figura atrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre habían fundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban los gusanos. Una larva amarillenta salía de una de las vacías cuencas del cadáver y resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre la escalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo de aquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.
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Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más que el castañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba. Después, un suspiro de descanso de Claudio Hernández de las Torres, que acababa de darse una inyección de morfina. Al fin Nieves Sigüenza, estirándose con voluptuosidad de gata perversa, murmuró, presa de delicioso terror:
—Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a Lady Judith.
Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina: