—Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoño pasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un té de la princesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría del veneno de Venecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola, la mataba poco a poco. Y para eternizar aquella agonía, había encendido el incendio de una pasión que devoraba los últimos chispazos del genio del pobre Gustavo Golderer, el gran pintor alemán.

UNA HORA DE AMOR

I

Donde la Sacerdotisa de Venus empieza a creer
en la despoblación del Bosque Sagrado.

¡Tan!... ¡tan!... ¡tan!... El reloj de la cercana iglesia de Santa Cruz desgranó las campanadas de la tercera hora, que, entre el gemir del viento y el gotear del agua, sonaron lúgubres, fatídicas, agoreras.

Llovía a mares. Ni por la calle Mayor, ni por la cercana plaza, transitaba nadie; sólo en la esquina de la calle del Factor, brillaba, mortecino, el farol de un sereno. De tarde en tarde, el vigilante nocturno cambiaba de sitio, y entonces la lucecita corría, temblorosa, con inquietante apariencia de fuego fatuo.

Estrella sintió ganas de llorar. ¡Las tres de la mañana y no se había estrenado aún! ¡Y era el tercer día que regresaba con las manos vacías! ¡Y ama Dolores ya le había advertido que aquello no podía seguir; que su casa no era ningún asilo, sino excelso templo del Amor—a dos pesetas hora—; que no estaba para alimentar pánfilas, ni imágenes mandadas recoger; en una palabra: que aquello no podía continuar. Ahora, parada bajo los soportales, sentía inmenso desaliento, mientras miraba con aire estúpido caer la lluvia, y evocaba la alegre facilidad de los primeros días de galantería, sobre todo antes de su ida al Hospital. Entonces, no había sino mimos y halagos: ¡hasta bata de seda tuvo! Mientras que ahora no quedaba, de tanta belleza, más que escaseces, palabras agrias y malos tratos. En su sensibilidad enteramente animal, sólo apta para el dolor físico, más que las humillaciones y que el sentimiento de su abyección, dolíanla los quebrantos materiales. Ama Dolores había llegado hasta amenazarla, si las cosas seguían así, con echarla a la calle. La idea de perder de vista la mancebía, con su olor a almizcle, que disimulaba mal el hedor de miseria y podredumbre, su lujo de relumbrón, digno a sus ojos de los alcázares de Solimán, el Magnífico, y, sobre todo, aquel tener la comida segura, sin necesidad de preocuparse de buscarla con el trabajo, le aterraba. ¡Recomenzar la vida! Levantarse al amanecer para salir cargada como una bestia a ganar el pan con el sudor de su frente; pasar hambre, frío, sueño... ¡no, y mil veces no! Prefería la vida de animal de amor, acariciada unas veces, maltratada otras, brutalizada las más; pero, al fin y al cabo, sin necesidad de violentar su voluntad.

Su verdadero nombre no era Estrella. Aquel fue el apodo de guerra conque la bautizó ama Manola, cuando, después de cerrado el trato entre la Celestina y Juan Ramón, su hermano de ella, quedó definitivamente adscrita como vestal del Amor en aquel templo de la calle de Tudescos, su primera estancia en el calvario de la liviandad. Respondía la moza al feo, malsonante y nada poético nombre de Robustiana. Su vida había sido una de esas oscuras y tristes vidas, que empiezan en un chamizo, entre gemidos y maldiciones, y acaban en la cárcel o en el hospital. De origen campesino, fue en su casa primero burro de carga, luego lecho de concupiscencia, por donde, entre vahos de alcohol y estallidos de bestialidad, pasaron padre y hermanos; al fin, objeto de rapacidad. Ya en la villa y corte, llegaron los días buenos de tocados abracadabrantes y comidas pantagruélicas; tras ellos, como obligado cortejo, la miseria, la enfermedad y la vejez.

Sobre su fondo puebluno, estúpido, rapaz, temeroso y áspero, la vida canalla de la urbe populosa puso un barniz de procacidad y de descoco.

En otros tiempos, sino guapa, a lo menos tuvo la frescura de las manzanas maduras; después de su ida al hospital, de aquella belleza no quedó nada. Si bien en su cuerpo la gallardía no era, como en Maritornes, contrapeso de la fealdad del resto, pues ni contaba los siete palmos, ni la carga de las espaldas hacíale mirar al suelo, sino al contrario, podía decírsele alta y derecha; en cambio, como la asturiana, era ancha de cara, llena de cogote, y sino tuerta de un ojo y del otro no muy sana, faltábale poco, pues de los pasados males quedáronle ambos asaz turbios y pitañosos.