Se había, pues, detenido en la esquina de la calle de San Miguel. Tiritando de frío e intentando defenderse de él, apretando el raído mantón sobre los pechos, que pendían como dos odres vacías, apoyose en una de las columnas que sostienen los soportales, decidida a no moverse hasta encontrar algo. A la menguada luz de los reverberos de gas, destacábase toda la miseria de su figura lamentable. Los cabellos ralos, pegados por la lluvia, brillaban, grasientos, como los de acuática alimaña; en el rostro lívido, desposeído de pintura y afeites por la humedad, los ojos turbios, sin cejas ni pestañas, miraban asustados; el mantón, empapado en agua, ceñíase a las ruinosas formas del cuerpo, moldeando una figura contrahecha de mujer, como esos lienzos mojados en que los escultores envuelven a las estatuas a medio hacer; la falda de percal, llena de agua, pegábase a sus piernas.
Tenía los pies ateridos dentro de los zapatos encharcados, y sentía frío, un frío intenso que le subía a lo largo de las espaldas. Pero no se iría, no se iría por nada del mundo. Había recorrido ya los barrios bajos, los lugares sospechosos, llenos de ladrones y borrachos, expuesta a groserías y malos tratos, y ahora aventurábase por las calles céntricas, desafiando las iras de los policías. ¡Qué le importaba! El caso era no volver así, sola y con las manos vacías, a la presencia de ama Dolores.
Inmóvil, los ojos fijos en el suelo, miraba caer las gotas de agua que, al chocar en los charcos, rompían el quieto cristal en grandes círculos temblorosos. En el reloj sonó el cuarto de las cuatro.
Pasos...
II
En que hace su aparición un caballero, a quien
personas duchas en letras tomarían, quizás,
por el de la Triste Figura.
En dirección a la de Bailén, bajaba la calle Mayor un hombre. Si Estrella fuese mujer leída (una de esas hetairas que posan de artistas, hacen versos y se saben a Zorrilla—afinidades nominales—de memoria), hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido de aquel buen burgués con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Pero Estrella era una bestia, ni aun sabía leer, y no estableció concomitancias.
El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico en osamenta; sus piernas abríanse a modo de gigantesco compás, y sus brazos fingían aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente, prominente de mandíbula y terroso de color; sus labios, bajo los chinescos bigotes amarillentos, dibujábanse delgados y blanquecinos, y sus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido. Tenía el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantalón a cuadros, un gabán café con leche, de tan deficientes proporciones, que hacía pensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en él. Y un pequeño sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado a la cara, completaban su figura.
La pecadora murmuró, sin esperanza de éxito:
—¡Spch!, ¡spch!, buen mozo.