El no pareció haberla oído, y entonces ella repitió:
—Moreno, buen mozo, ¿vienes?
El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prójima, y ella entonces apresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba la fortuna. Buscó en su repertorio de cortesana callejera la más acariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentadura mellada y verdosa, musitó insinuante:
—¡Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar más gusto!...
El hombre flaco permaneció impertérrito. De sus labios exangües no salió ni una palabra. La tentadora redobló sus esfuerzos:
—¡Anda, bonito, saleroso! ¡Pa mí que nos vamos a dar la gran noche! ¿Quieres?... Anda.
Igual silencio; sólo entre las pestañas grises lució un momento una llamita azulada de alcohol, algo así como los gases que se desprenden en la noche de los cuerpos en estado de podredumbre.
Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquista comenzaba a inquietarla. ¿Sería un mudo? ¿Un extranjero? ¿Un policía que se fingía cliente? Estrella habíase cogido de su brazo, y con el cuerpo entero ceñíase a él, tratando de encender el fuego del deseo. Sus vestiduras mojadas adheríanse a las mojadas vestiduras del silencioso individuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce, sonó bronca, redobló las ofertas:
—¡Verás! ¡Verás cómo lo vas a pasar! ¡En la vida te has echado a la cara una mujer como yo!
E insensiblemente tiraba de él, que, sin oponer resistencia, se dejaba llevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento, y llegaron a la del Conde: