—Aquí es.

Y Estrella empujó a su amado dentro de un sucio y lóbrego portalillo. Luego alzó la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre los desvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras más, pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asomó la cabeza. Se oyó la voz áspera de ama Dolores:

—¡Grandísima cerda! ¿Te parece que?...

Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcificó como por ensalmo, y melosamente trató de arreglar su pifia:

—¡Josús me valga! ¡Tú! Usted disimule; pero estaba con cuidao. ¡Con la nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ahí! ¡Porque es una perla, caballero, una perlita de coral! ¡Se da una maña!...

Estrella descolgó una llave y, seguida de su compañero, encaramose por estrecha escalerilla de altos y crujientes peldaños de madera.

III

Que cuenta cómo hace su aparición el divino
marqués de Sade.

Después de cruzar la sala, pieza vulgar de mancebía pobre, con muebles de reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameado tapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendió la luz.