El cuarto era frío y triste; las paredes, enyesadas, hallábanse cubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas. Una cama de hierro pintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul, la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componíanlo un lavabo de latón, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria con una vela.
Estrella aproximose a su adorador, y echándole los brazos al cuello le besó en la boca:
—¿Quién te va a querer a ti, saleroso?
A la menguada claridad le examinó. Parecía así, despojado del gabán, aún más flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el cráneo color pergamino, partíanse, formando dos cuernecillos diabólicos; entreabríase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandes círculos de arrugas, fosforecían con los extraños reflejos de las llamas de azufre, y en el centro del rostro consumido, la nariz inmensa, larguísima, penduliforme, aparecía lívida, teñida solamente en la punta de tenue pincelada de carmín.
Estrella, por primera vez sintió vaga sensación de temor. ¡Bah! ¡Qué más daba aquel u otro!...
—Echate—ordenó él.
La prójima comenzó a desnudarse.
—No hace falta; así estás bien—apresuró el viejo.
Las manos le temblaban y la voz surgía de la garganta ronca, opaca, con extrañas discordancias.
Ella, indiferente, obedeció con pasividad de bestia. Tan sólo desabrochó los botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendían flácidos, gelatinosos.