El sátiro había saltado junto a ella. Sus manos, unas manos frías, húmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenían cierta semejanza con las garras de un ave de rapiña, la palpaban febriles, estrujaban sus pobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la boca mordía su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Al principio, Estrella, llevada de la costumbre, trató de reír; pero pronto la risa huyó de sus labios, y un hondo miedo enseñoreose de ella.
El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella, interrogó ansioso:
—¿Me dejas, di, me dejas?
Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo de rugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada, filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre, parecían próximos a salirse de las órbitas.
Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musitó con voz débil:
—¿Qué? ¿Qué quiere? ¡Déjeme ya, por Dios!
Con un timbre extraño, destemplado, en que había gritos contenidos, brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad, propuso él:
—Aquí... un cortecito... en el pecho... nada ¡un poco de sangre!
—¡No! ¡No, por Dios!—clamó la prójima, próxima a prorrumpir en gritos de socorro.
—¡Qué te importa! ¡No te haré daño! Un cortecito, uno nada más... Te daré lo que quieras... cinco duros... diez...