Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:

—¡No, no!—resistiose Estrella.

—¡Quince!... ¡Veinte duros! ¡Lo que quieras!

¡Veinte duros! ¡Sus deudas con ama Dolores saldadas! ¡Unos días de tranquilidad! Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Un rasguño. Si le hacía daño, pediría socorro. ¡Bah! ¡Más dolía una paliza! Desfalleciendo de terror, pero galvanizada por la codicia, murmuró:

—Bueno. Pero a ver el dinero.

De un brinco púsose él de pie y corrió a su ropa. De los profundos bolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.

La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con su figura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas de pelos erizados. Cogió el billete que le tendía, guardole en una media y cerró los ojos.

Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la sensación de las manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin un dolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los párpados, fijó sus pupilas en el sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flácido, y por pequeña herida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quiso levantarse, llamar; pero el monstruo, precipitándose sobre ella, impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó por tierra. Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía jadear, profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento en que flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida y comenzó a chupar la sangre. La vendedora de amor sentía que la sangre manaba en purpúreo surtidor, en chorros, en ríos, en cataratas; que la boca, húmeda y desdentada, le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo, librose del monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo, presa de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle, e inconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo, rendida de cansancio.

LA SANTA