El Afrodita, sereno, majestuoso, navegaba sobre las quietas aguas del mar del Norte. En la proa, Venus victoriosa surgía de las espumas, y su gracia frágil, alada, pedía el mar de peridotos, y la lluvia de flores de una evocación boticellesca. El yacht era todo blanco, un soberbio navío creado por la moderna industria para recreo de soberanos y plutócratas. En la proa, una a modo de tienda de campaña, formada por tapices de Smirna, chinescos bordados y estofas indias, defendía del aire helado el diván donde Vanda reposaba, menuda, vibrante, perversa y cruel como una bestezuela sanguinaria y lasciva.

Proseguía el suplicio. El látigo sutil, insaciable, pintaba un enrejado azul sobre las espaldas del desdichado; los músculos, crispados de dolor, se anudaban, formando gruesos bultos bajo la piel macerada. Los gritos resonaban, unas veces violentos, estridentes, desesperados; otras, tenues, apagados, temblorosos como gemidos de agonía. Al fin, saltó la sangre; por las espaldas rodaron gruesas gotas rojas. La víctima, no pudiendo resistir más, desplomose al suelo, y allí quedó retorcido, los brazos en alto sujetos al palo, la cabeza caída hacia atrás, los ojos cerrados y entreabiertos los labios.

Vanda sonreía.

II

Despertó sobresaltada. Su primer pensamiento fue el de un motín, una súbita rebeldía conque la tripulación sacudía su yugo, y su primer gesto fue echar mano del minúsculo revólver que dejaba siempre a la cabecera del lecho. Pero la presencia de Georgette y de sus mujiks hízole comprender su error, y aturdida aún por el sueño interrogó:

—¿Qué pasa?

—¡Que nos hundimos!

Saltó del lecho y, rápidamente, sin hacer caso de sus siervos—¿no ha sido Cleopatra la que dijo que un esclavo no es un hombre?—, comenzó a vestirse.

No había concluido aún, cuando bajó un marinero, mandado por el capitán. Había que darse prisa; el barco hundíase rápidamente, y antes de media hora se iría a pique. De vez en cuando escuchábanse sordos ruidos, y en el silencio sonaba siniestro el gluglu del agua al invadir las bodegas.

Envuelta en amplia bata, por los hombros una gran capa de pieles, Vanda subió a cubierta. La noche era serena, glacial. En la frialdad azul del cielo rutilaban las constelaciones árticas y la luna brillaba blanca y yerta. Al horizonte, las montañas de hielo, heridas por la claridad lunar, subrayaban fantástica apariencia de aladinesco alcázar. Arriba, sobre cubierta, todo en confusión; el capitán daba sin cesar órdenes, y los marineros, aturdidos, corrían de un lado a otro. Misteriosas sacudidas agitaban el barco con estremecimientos rápidos, secos, violentos, y crugidos agoreros sonaban con extrañas y escalofriantes intermitencias de silencio. Las hélices enmudecieron, y el barco, inmóvil, cabeceaba de tarde en tarde.