La rusa encarose con el capitán, que salía a su encuentro. Con voz dura, metálica, en que vibraba concentrada ira, interrogó:

—¿Qué sucede?

—Que hemos chocado contra un banco de hielo y nos hundimos.

Ella aseguró, con ese impulso dominador de los que no están hechos a encontrar obstáculos:

—¡No puede ser! Tiene que salvarnos.

Con serenidad afirmó el marino:

—Es imposible. He hecho cuanto había que hacer, y todo ha sido inútil.

—¡Tiene usted que salvarnos, tiene usted que salvarnos!—repitió Vanda tercamente.

El se encogió de hombros, y sonrió entre compasivo e irónico.

Irritada, enloquecida por aquella fuerza mayor que su voluntad, apostrofole: