—¡Usted tiene la culpa! ¡Todo esto es un complot, una traición para perderme!

Tornó él a sonreír. Más enfurecida amenazó:

—¡Cuando lleguemos a tierra, sabré castigar las traiciones...

—Dudo que llegue nadie—interrumpió su interlocutor—. Yo por lo menos no llegaré.

Como para subrayar la trágica verdad de sus palabras, las luces del barco apagáronse súbitamente.

—El agua ha entrado en las máquinas—afirmó sin perder su serenidad—. Dentro de diez minutos, nos iremos a fondo. Si quiere salvarse, es preciso que se embarque enseguida en un bote.

Vanda bajó la cabeza, vencida, y encaminose a la escalerilla. Cuatro marineros, empuñados los remos, esperaban ya en una barca. La Orloff descendió seguida de Georgette. Azor saltó tras ella.

Los remos hendieron el agua, y el barco comenzó a alejarse. El agua estaba quieta, tranquila; veíanse flotar en la argentada superficie grandes pedazos de hielo, semejantes a cristalinos sillares que espantable tormenta hubiese arrancado a los palacios de la sumergida ciudad de Is. Una calma impasible pesaba sobre el mundo; una calma de muerte, impregnada de trágica desolación; y así, bajo la luz blanca de la luna, había en la noche un horror de planeta muerto, una sensación abrumadora de cesación, de acabamiento. De improviso, viose a lo lejos la fantasmagórica silueta del yacht que se alzaba un instante, y luego, rápido, hundíase en el mar. Formose un remolino horrendo, las aguas rugieron con hervor de catarata, la barca corrió hacia el sombrío abismo abierto para tragar al buque. Vanda, caída en el suelo, sintió una sacudida espantosa; luego, violentos cabeceos; oyó un grito de angustia suprema, y al fin, nada. El Afrodita había desaparecido, y el bote flotaba quieto sobre el mar de hielo. En la catástrofe habíanse perdido los remos, los víveres y el timón. En sus sitios, los cuatro marineros yacían aturdidos por el golpe. Georgette Lebrun había desaparecido tragada por las aguas. Azor nadaba junto al barco.

III

Amanecía. Por tercera vez, en el cielo blanquecino elevábase el sol, un sol anaranjado, frío, sin rayos ni reverberaciones, que parecía próximo a apagarse de un momento a otro. El barco, perdidos remos y timón, permanecía quieto, con la rara apariencia de una nave de juguete sobre la luna de un espejo. Las aguas yacían inmóviles, grisosas; grandes masas de hielo flotaban a flor de agua; entre ellas veíanse sobrenadar trozos de maderamen del sumergido buque, y al horizonte alzábase, roto en prodigiosas estalactitas, como gótica catedral de embrujamiento, el murallón de hielos. Tirados en el suelo, envueltos en trozos de manta y en sus recios capotones, dormían tres marineros; en la proa uno solo, sentado, los codos en las rodillas y el rostro en la palma de las manos, contemplaba desesperadamente la solitaria lejanía. Era el mismo mocetón que Vanda hiciera azotar días antes; pero ahora en su rostro juvenil, demacrado por el hambre, la boca se crispaba en una mueca de ansiedad y de deseo, mientras los ojos de niño grande, redondos, dilatados de horror, tenían una mirada cruel de carnívoro, de hiena desenterradora de cadáveres. Aquellas pupilas, antes tan claras y luminosas, parecían arder en un fuego malsano de vesania, mientras la boca se estiraba voraz, insaciable.