La rusa, que, sentada en la proa, dormitaba extenuada por el largo ayuno, tiritando bajo sus pieles, abrió lentamente los ojos, y sus miradas mortecinas tropezaron con las pupilas fosforescentes del hombre. Sintió miedo, el oscuro presentimiento de no sé qué nuevo y horrendo peligro, y rápidamente abatió los párpados fingiendo dormir. Su rostro estaba muy pálido, como traslúcido, con tonos amarillentos de marfil antiguo; sus labios de coral, descoloridos, se fruncían amargos, y dos círculos cárdenos cercaban sus ojos, que se apagaban en la atroz maceración de sus mejillas.

Mientras, un fuego maldito ardía en las entrañas del marinero; el hambre de pan y la sed atroz, rabiosa, exasperada por algunos sorbos de agua salada que en su ansiedad había bebido, transformábanse en un hambre de amor furiosa, vesánica, en una lujuria ardiente, monstruosa, una lujuria macabra de bestia agonizante en un largo suplicio de ardores.

Cautelosamente deslizose hacia la hembra, con gestos perezosos, sordos y lánguidamente elásticos de fiera próxima a caer sobre su presa.

Vanda sintió una respiración quemante, que le abrasaba el rostro en un aliento seco, febril, con emanaciones violentas de animal feroz. Dio un grito e intentó incorporarse; pero era ya tarde. El marinero, caído sobre ella, forcejeaba por poseerla. La víctima defendíase furiosamente en un esfuerzo supremo de ira, con los dientes y con las uñas, mientras él, enloquecido, indiferente para el dolor, luchaba por adueñarse de su presa. En la yerta paz de la mañana, el grupo bárbaro y trágico, debatíase con violentas sacudidas, que hacían oscilar la barca como si fuese a volcar. Azor, a los pies de su ama, gruñía amenazador y enseñaba los dientes. Al fin, Vanda, sintiéndose desfallecer, pidió auxilio:

—¡Aquí, Azor!

El perro, de un salto, cayó sobre el forzador. Entonces sucedió algo horrible, inhumano; hombre y bestia formaron confusa masa; agitábanse en tremendas palpitaciones de dolor; los dientes fuertes y blancos del animal, hicieron presa en una mano de su enemigo, que lanzó un alarido de dolor, pero no renunció a la batalla, sino que, por el contrario, enardecido, batallaba por estrangular al perro.

Los otros tres marineros se habían despertado, y estúpidos, embrutecidos, contemplaban, con los ojos agrandados de estupor, la salvaje refriega. La heroína, perdidas las fuerzas, medio desnuda, permanecía rota, tronchada, incapaz de moverse. Y hombre y perro forcejeaban caídos en el suelo, mientras el barquichuelo, en los furiosos vaivenes, se inclinaba hasta tocar con sus bordes el agua que se deslizaba en él helada y cortante. Al fin consiguió el hombre sacar un cuchillo y de un tajo abrir el vientre al perro, que cayó pesadamente al mar. Entonces, echose sobre la mujer, y ensangrentado, jadeante, chorreando agua, la poseyó.

IV

Borrachos de aguardiente, presas de un ataque de delirio, chillaban, aullaban, cantaban y trataban de danzar unos danzones absurdos que hacían tambalearse la barca como si fuera a hundirse. Eran como fantasmas trágicos, como esos monstruosos fantasmas que contemplamos en las láminas de los libros que anuncian el fin del mundo por la locura universal. En las caras lívidas, consumidas, llenas de oquedades, las bocas se deformaban en muecas de agonía, en muecas de una ansiedad plena de angustia, mientras las pupilas, dilatadas de espanto, tenían una fijeza de obsesión. Al través de los trajes desgarrados, aparecían los cuerpos esqueléticos, las carnes amoratadas por el frío...

Ni un soplo de aire, ni un barco en lejanía, ni una ola, nada. Una paz suprema, una paz de mundo muerto, una paz de cataclismo que dormía en las aguas quietas, en el cielo blanco, en el sol que se extinguía y en el muro infranqueable de hielos.