¡Cinco días más! ¡Cinco días de frío, de hambre, de soledad y de calma, sobre todo de calma, de aquella calma yerta, abrumadora, lapidaria, calma de panteón, de cementerio, de nada, peor que todas las borrascas!
Vanda, acurrucada en un rincón, sentíase morir. La habían robado sus pieles, sus mantas, sus abrigos, y, aterida, agonizaba de frío, de hambre y sed. Desde la mañana de su derrota, había perdido todo prestigio, aquella superioridad que le daba fuerzas para imponerse y vencer, y convirtiose en una bestezuela humilde y castigada, en que saciaban todos sus apetitos, sus crueldades, su brutalidad, la ferocidad inconsciente que dormía en sus almas primitivas, todas aquellas cosas exacerbadas hasta el paroxismo por el hambre.
Como una cohorte de endemoniados chillaban y brincaban con gestos violentos, inacordes, rotos, bruscos; sus voces roncas se apagaban o se agudizaban extrañamente. John, el más joven, cayó al suelo y siguió retorciéndose. Sus gestos siguieron siendo los mismos, pero haciéndose más violentos; sus risas trocáronse en aullidos, y palpitante de dolor comenzó a llorar, apretándose el estómago con las manos. Nino, el italiano, el más viejo de los cuatro, un esqueleto apergaminado, con dos fuegos fatuos por pupilas, propuso:
—¡La ley del mar!
Todos asintieron, resignados de antemano con su suerte:
—¡La ley del mar!
De improviso, una voz opaca propuso:
—¡Ella primero!
—¡Es la más blanca!
—¡Será la más tierna!