Hacía ya días que la marquesa—la noble dama recluida desde la muerte de su hija, de aquella divina María de la Luz, apenas entrevista rara vez envuelta en un aura de elegancia y de perfumes, en su caserón con honores de palacio y de convento, en Segovia—, habíales llamado a su presencia. Era Fuencisla hija de antiguos servidores campesinos; madrina de su boda fue la señora, y contenta de su modestia y recato siguiola protegiendo después de su matrimonio. Pese a la proverbial bondad de la dama, no las tenían todas consigo cuando se encaminaron al palacio. Aquella aristócrata severa, perpetuamente enlutada, que no salía jamás como no fuese para hacer una breve visita a El Laberinto, la finca trágica en que María de la Luz se agostó en plena juventud, les imponía. Endomingados, Fuencisla con su atavío de paleta, sus huecas sayas y su pañuelo de colorines; José Ignacio, más currutaco, a la moda de la ciudad; iba ella francamente cohibida con susto de pájaro bobo; él fingiendo, con chabacanería aprendida en la vida cuartelera, un aplomo que estaba muy lejos de sentir. La señoril magnificencia del palacio, sus enormes galerías, sus salas adornadas de tapices, cuadros sagrados y retratos de familia, acabaron de hacerles perder todo aplomo. Pero cuando su turbación llegó a los límites del atontamiento, fue cuando se vieron en presencia de la señora. Aquella dama, pálida y triste, con su sola presencia imponía respeto. Más que vieja, envejecida por una secreta pena que había derrumbado de un hachazo el robusto tronco de su vida, permanecía hundida en su butaca, la nevada cabeza caída sobre el pecho, y las manos, largas y blancas, de una aristocrática elegancia insuperable, abandonadas sobre el regazo como dos prodigiosos juguetes de marfil. Tenía la palabra afectuosa, impregnada de un vago matiz de desencanto y amargura, el gesto reposado y la mirada dulce, pero con una bondad indiferente, impuesta, como si su espíritu estuviese muy lejos y no le importase nada de nada.
Habíales hablado llena de benevolencia afectuosa. Ella necesitaba un guardián para su finca El Laberinto, y había pensado en ellos. El cargo era cómodo, bien retribuido; la casa del guarda, buena, alegre; quizás necesitase alguna obra, pero ella haría lo que fuera menester; trabajo ninguno, puesto que no quería que se tocase ni a una flor, ni a un árbol, ni a una piedra, (y esto significaba condición especialísima) ni muchísimo menos a la casa. Aquello era terreno vedado; jamás bajo ningún pretexto pondrían los pies allí. Ellos tendrían las llaves, pero sólo para un caso de fuerza mayor, un incendio, un robo... Por lo demás, podían aprovechar los frutos del huerto, amén de, en el pequeño corral asignado al guarda, tener gallinas, cerdos, etc., etc.
José Ignacio, gorra en mano, escuchaba. Había ido recobrando el aplomo y, ante la perspectiva del paraíso de ociosidad y bienestar que se le abría, contenía a duras penas su júbilo. Fuencisla, azorada, escuchaba a su protectora con un sentimiento de honda gratitud, que su timidez le impedía exteriorizar.
La marquesa quedóseles mirando un instante, y luego interrogó:
—¿Qué les parece a ustedes?
La paleta balbuceó palabras incomprensibles de agradecimiento. El, más resuelto, aseguró:
—¿Qué quiere la señora que le digamos? ¡Que bendeciremos su nombre toda la vida!
La dama interrumpió sus efusiones. Antes de decidirse era preciso decirles toda la verdad, los inconvenientes lo mismo que las ventajas, su conciencia se lo exigía así. No es que creyese en semejantes historias; sin embargo, ya sabían ellos la fama de hechicería que pesaba sobre El Laberinto. Cosas de la leyenda popular, así todo... Para ella fue cruel aquella finca, pero...
—La muerte de mi pobre hija, de mi pobre María de la Luz, ha sido la desgracia más grande de mi vida, y allí tuvo lugar. Verdad que allí o en otro lado hubiese muerto lo mismo, si esa era la voluntad de Dios. ¡Nunca, nunca sufrirá nadie lo que yo sufrí con la agonía de mi María de la Luz; pero, como Job, he repetido muchas veces: «Dios me lo dio, él me lo ha quitado; bendito sea su Santo Nombre». ¡Quién sabe si fue mejor para la salud de su alma que El se la llevase que no siguiera vegetando en este mundo de miseria y pobredumbre.—Hizo una pausa, durante la cual esforzose en dominar su emoción, y luego con voz serena prosiguió:—En fin, esto son penas mías, que sólo a mí atañen; lo demás, todas esas historias de fantasmas y apariciones me parecen paparruchas indignas de un buen cristiano...
Al verles silenciosos, al parecer perplejos, encarose con ella: