—Conque, Fuencisla, usted dirá?

La lugareña balbuceó:

—Yo, lo que la señora mande.

—¡No, no!—protestó con gran viveza la marquesa—. Yo no mando nada. Eso ustedes sabrán lo que les conviene.

Con su incapacidad volutiva, tuvo Fuencisla un ademán de renunciamiento:

—Yo, lo que quiera José Ignacio.

Apresurose él a aceptar. ¿No había de querer? ¡Ya lo creo que quería! Todo aquello de duendes y embrujamientos era como los fantasmas de la sábana que paseaban de noche por las calles del pueblo; pamplinas para asustar niños y viejas. ¡Fantasmitas! ¡Ja! ¡Ja! El hombre que tiene buenos puños y la conciencia tranquila no tiene que temer más que a Dios.

Y así quedó cerrado el trato.

Ahora, después de meter el carro dentro del jardín, trataba José Ignacio de abrir la puerta del pabellón que les estaba asignado. Al fin, tras no pocos esfuerzos, consiguieron franquear el paso y penetraron los dos. La primera impresión fue de tristeza: una atmósfera de humedad, de moho, de casa de larga fecha abandonada, salioles al encuentro. La primera estancia del pabellón era una rotonda minúscula, imitación de esos vestíbulos de mármol que se ven en algunos pabellones de caza y lugares de descanso de los parques reales. Columnas de estuco imitando mármol rodeaban el cuarto, rotas, descascarilladas, maltrechas; grandes hornacinas en que faltaban las estatuas hendían las paredes resquebrajadas, manchadas de musgo; unos lienzos despintados pendían en jirones del techo, mientras que las arañas tejían entre ellos sus colgantes puentes de seda. Pasaron al segundo cuarto, una habitación pequeña, baja de techo, con muros encalados y una gran ventana de cuarterones que cerraba mal. También la humedad y el abandono habían hecho estragos en ella; pero así todo, era más habitable. Junto a esta salita había una alcoba muy pequeña, y luego la cocina. Y nada más.

Oprimida por una sensación angustiosa de tristeza, por un presentimiento supersticioso de desgracia, Fuencisla sintió el ansia de respirar aire puro, y salió al jardín. El ambiente tenía una dulzura adormecedora; de la tierra subía un vaho de humedad lleno de fragancias, y en un triunfo de aromas morían las últimas rosas en los rosales. Sobre el cielo azul oscuro, espolvoreado de estrellas, destacábanse las negras siluetas de los cipreses. Y por detrás de los cipreses, enorme, redonda, teñida de sangre, una luna de presagio nefasto se alzaba lentamente.