II
EL CUARTO VEDADO

Apoyada en el quicio de la puerta, Fuencisla la miró alejarse. Su silueta de aquelarre destacábase enérgica sobre el fondo hostil de los campos resecos por la helada. El cuerpo sarmentoso, cubierto de hórridos harapos, de la pordiosera; sus ojos de lechuza y su nariz ganchuda, armonizaban a maravilla con la llanura yerma, cerrada al horizonte por abruptos riscos.

Aquella era la única bruja que viera en los dos meses transcurridos desde su instalación en El Laberinto, y los únicos fantasmas los que ella evocaba con las extrañas historias que Fuencisla no acababa de comprender, pero que le apasionaban con un interés malsano. Giraban siempre aquellas consejas en torno de los mismos hechos, la historia del abandonado palacete y de la agonía misteriosa de sus dos dueñas, la condesa Agueda y María de la Luz. Mezclábanse en ambas briznas de verdad con follajes de fantasía popular, excitadas por arcaicas prácticas de hechicería.

La condesa Agueda había vivido en los tiempos del Rey Sol. Su belleza peregrina triunfó en la corte galante, escandalizó un poco la severa de Madrid, y, después de algunos pecaminosos devaneos, un día, sin saberse la razón, tal vez porque su femenil vanidad resistíase a doblar el cabo de la edad peligrosa, fue a sepultarse en aquella olvidada posesión. De su retiro fantaseose mucho; achacáronle no sé qué misteriosos tratos con el Malo, y crearon sobre ella una leyenda oscura, poblada de ritos nefandos. Algunos muñequillos de cera, más unos cuantos libros de ciencia secreta y de práctica libertina, hallados después de su muerte, acrecentaron las sospechas. La violación de su sepultura y la desaparición del cadáver acabó de confirmar la leyenda.

María de la Luz fue la hija única de la marquesa. Nobles y plebeyos cayeron siempre prisioneros en las redes del raro encanto de sus ojos verdes y de la sonrisa de sus labios rojos. Tenía una blancura de nardo y una gracia efímera, voluptuosa y apasionada. También ella anduvo errante por el mundo, por los mágicos paraísos que crearon los hombres, y también en una hora de hastío vino a refugiarse en El Laberinto. ¿Qué misterioso drama tuvo lugar entre los muros del palacete? Sólo la marquesa y algunos viejos servidores fueron testigos, y ellos callaron herméticos. María de la Luz diose a adelgazar y a entristecerse. Una melancolía invencible apoderose de su ánimo, sus ojos se enturbiaron y acabó por desaparecer. Sólo muy de tarde en tarde veíasele pasear lánguidamente por el jardín, cubierta de joyas, de sedas y de encajes. Por el país comenzó a correr la especie de que la hija de la Marquesa estaba poseída por el Enemigo. ¿Qué lúbricas escenas de locura desarrolláronse entre la damisela y el cornudo amante de las pezuñas de chivo? Nadie pudo averiguarlo jamás. Unicamente veíanse entrar primero sacerdotes y frailes que exorcizaron a la poseída y conjuraron a Belcebú entre bendiciones y rociadas de agua bendita, para que abandonase su víctima; más tarde oyéronse los gemidos de la infeliz, y los médicos sucedieron a los religiosos; la casa olía a éter, a antistérica, a azahar. Un oído indiscreto creyó percibir un día, al través de la puerta de un salón, en que la madre y cierta eminencia médica celebraban consulta, la voz de la dama, que desgarrada, amarguísima, pero firme, enérgica, con resolución inquebrantable, afirmaba entre dos sollozos: «¡Nunca! ¡Antes muerta! ¡Antes tendida en una caja entre cuatro luces!» Al fin, las visitas facultativas cesaron, y sobre la casa impregnada de fuerte olor a medicamentos cayó un silencio de plomo, sólo interrumpido por los aullidos de la enferma a quien el Malo visitaba a las altas horas de la noche. Era algo horrendo, trágico y misterioso, aquella ficticia calma, en que los alaridos angustiosos, desesperados, se alzaban como una imploración suprema en la paz nocherniega. Y mientras la marquesa, horrorizada, rezaba, María de la Luz revolcábase en el lecho en atroces crisis de vesania. Al fin murió.

La bruja contaba estas historias entreverándolas de pintorescos episodios, de filtros y bebedizos, de fórmulas cabalísticas y conjuros mágicos, en que se mentaba a Salomón, el de la sabiduría, y a los Magos de Oriente; hablando de Felipe II y del Príncipe de los Hechizos, de nuestro señor el Rey D. Carlos II y de otras cosas de romance. Y en el fondo de todo aquello, vivía una fuerza desconocida, violenta, arrolladora, capaz de agostar las vidas en flor.

Fuencisla había vuelto a la puerta del pabellón, y la labor abandonada sobre el regazo, permanecía perdida en penosa divagación, presa de aquellas perezas anonadadoras que le acometían desde que habitaba allí.

La mañana tenía melancólico encanto en el gran parque. Sobre el cielo muy pálido, casi blanquecino, brillaba el sol amarillento. Los árboles, desnudos de sus galas, se retorcían esqueléticos; sólo los cipreses dibujaban sus pináculos sobre el fondo claro.

Fuencisla estaba triste. Acostumbrada al trajín de una casa de labor, en que hallábase rodeada de gente a todas horas del día y de la noche, en que mecía su sueño el hervor de la respiración, de sus bestias familiares, aquella soledad y aquel silencio augusto le inquietaban. Imágenes turbadoras, desconocidas hasta entonces, poblaban sus sueños; las historias evocadas por la mendicante despertaban en ella una curiosidad malsana, un deseo vago de saber, y la casa, con su prestigio de misterio, le tentaba. ¿Qué habría detrás de aquellos postigos siempre cerrados? ¿Por qué la prohibición de la señora? ¿Qué huellas quedaban de la condesa Agueda y sobre todo de María de la Luz? Sentía algo que alentaba cerca de ella. El Malo la rondaba; algunas veces, en medio de la calma de la noche, se despertaba sobresaltada creyendo sentir en la piel el roce de unas velludas patas de macho cabrío y veía fosforescer en las tinieblas dos ojos de brasa que le miraban anhelantes. El misterio habíase instalado en su pacífica existencia y sentía tras la puerta cerrada algo terrible que le atraía con fuerzas sobrehumanas. Hasta su mismo amor por José Ignacio habíase modificado; ya no era aquél cariño de bestia humilde y resignada que se traducía en un trabajo abnegado y un renunciamiento absoluto de la voluntad; era una ternura temerosa y apasionada que la hacía apretarse contra su pecho y buscar sus labios en un anhelo infinito de algo desconocido.

El también se transformaba insensiblemente; la vida sedentaria, en vez de aumentar su caudal de salud y de alegría, parecía mermarlo insensiblemente, haciendole más reconcentrado y taciturno. En vez del júbilo ruidoso, un mucho pueril, de sus antiguas horas de asueto, invadíale una melancolía soñadora, que le hacía arrastrarse trabajosamente al través de las interminables horas de los días de inacción. Permanecía largos espacios de tiempo sin hacer nada, con los ojos perdidos en el vacío, o bien leía trabajosamente en unos novelones hallados en un desván. Había perdido el apetito magnífico de hombre primitivo y su sueño no era ya el descanso reparador del que trabaja doce horas, sino un dormir ligero, poblado de sueños y cortados por un despertar sobresaltado. Su cariño por Fuencisla había sufrido la misma trasformación que todo lo demás, y en vez del impulso fuerte del macho, era una cosa nueva, morbosa, llena de temores, de vagas delecciones.