Hacia ella venía ahora José Ignacio al través del jardín, la escopeta al hombro y el sombrero caído a la nuca. Había adelgazado y palidecido. Su cara cetrina habíase demacrado y los huesos se marcaban enérgicos sobre la piel curtida. Los ojos negros brillaban en el fondo de las oscuras cuencas y los labios contraíanse en una extraña tirantez de todos los músculos. Parecía agitado, inquieto, y como Fuencisla, pronta ahora a todas las inquietudes, le interrogara con sobresalto, explicaba lo sucedido.
Venía de dar su vuelta por el jardín, como, vigilante, hacía todas las mañanas, y había encontrado caída en el suelo una de las persianas de la casa. No sabía si habría sido el aire el que arrancara las carcomidas maderas o era obra el desaguisado de nocturnos merodeadores; ni tampoco la significación que podía tener: si eran los preliminares de un golpe de mano o si sólo representaba un desperfecto fácilmente reparable. Estaba inquieto, perplejo... Detúvose ante su mujer, como solicitando consejo, más por una de esas fórmulas que nos dicta la perplejidad que por esperar ayuda de la sobria castellana.
Pero por primera vez en su vida la lugareña mostró su voluntad. Era preciso entrar en la casa, asegurarse de que no habían robado nada, y hacerse cargo de lo que allí había, para futuras contingencias. ¡Dios sabe lo que podría pasar el día menos pensado!...
—Ya ves, la señora prohibió...—comenzó a argüir él.
Pero con extraña videncia Fuencisla adivinó los peligros. Como si el velo de ignorancia que cubría su pensamiento hubiérase rasgado de improviso, halló argumentos y palabras con qué expresarlos. Si por casualidad se efectuaba un robo, ¡qué responsabilidad para ellos! ¡Ni aun sabrían lo que se habían llevado los asaltantes! La prohibición eran palabras de la señora, que exageraban su pensamiento; lo que ella había querido indicar era que no curioseasen, ni se metiesen allí; pero de eso a que no vigilaran... ¡Si la misma señora les había dicho que sólo entrasen en un caso de fuerza mayor!
Fuencisla seguía hablando; sus palabras hallaban eco en un secreto deseo que germinaba en el espíritu de José Ignacio. Al fin se dejó vencer, murmurando:
—¡Vamos allá!
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Al penetrar en el pequeño peristilo que servía de entrada a la casa, los dos estaban turbados y sentían latir precipitadamente su corazón. Como los niños de los viejos cuentos que, desobedeciendo a su protectora, abren la puerta del cuarto prohibido y se disponen a explorar el misterio, ellos, faltando a la consigna, iban a violar el secreto de aquellos muros, tras los que dormían las dolientes sombras de la condesa Agueda y de María de la Luz.
La antesala constituíala minúscula rotonda, rodeada de columnas de madera con capiteles dorados. El suelo estaba cubierto de baldosines blancos y negros, y en el centro, un Narciso de mármol se miraba en el tazón de una fuente sin agua. Había allí violento olor a cueva, que daba sensación penosa de abandono. Abrieron otra puerta, disimulada con espejos, y halláronse un gran salón flanqueado por dos gabinetes tapizados de damasco, uno rosa, azul el otro, frívolos y galantes, del que sólo les separaban unos arcos sostenidos por pilares de cartón piedra. Era una sala grande y baja de techo. Las paredes, pintadas de blanco y adornadas con áureas conchas y hojarascas, obedecían a la moda del reinado de Luis XV. Retratos de empolvadas damas y amanerados paisajes imitación de Watteau y de Boucher, pendían de rojos cordones de seda; una Anfítrite surgía de las aguas en un medallón que ocupaba el centro del techo; barrocas consolas sostenían relojes y candelabros de bronce; los muebles, de dorada talla, eran grandes y amazacotados, y un piano de cola, con el teclado abierto, aparecía semicubierto por chinesco bordado. Pero el tiempo inexorable, ayudado por el abandono, había puesto su pátina a las cosas; las paredes amarilleaban; los dorados, descascarillados y maltrechos, habían perdido su esplendor; el suelo, de incrustadas maderas, lucía opaco, mortecino; los retratos y los paisajes estaban cubiertos por neblinosa capa de polvo; Anfítrite, arrugado el lienzo, aparecía deforme, monstruosa; los péndulos, parados en horas enigmáticas, inquietaban como mudas interrogaciones, y en las barrocas jardineras, las plantas resecas tenían un aspecto de desolación opresora.