Mientras Fuencisla, extasiada ante aquel lujo amable que contrastaba con los santos macilentos, los oscuros estrados y los cortinones evocadores de fantasmas del palacio de la señora, única riqueza que ella conocía, pasmábase de todo y en plétora de curiosidad olvidaba inquietudes, José Ignacio pasaba revista a las ventanas. Todas estaban intactas, cerradas las verdes persianas. Allí no era, pues. Volvió al lado de su mujer:

—Aquí no ha sido... Y ahora ¿qué hacemos?

Tornó ella a hallar los acopios de la desconocida resolución que, como una fuerza ciega de la naturaleza, le impelía:

—Seguir, a ver dónde...

—Pero...—objetó él, vacilante.

Ella, más resuelta, animole:

—Ya... Una vez dentro, más vale seguir adelante.

Salieron a un gran pasillo, decorado más modestamente, pero formando un todo armónico con el salón y los gabinetes. Allí había dos puertas más. Abrieron la primera: el cuarto de la marquesa. Frío, triste, conventual, tenía por todo mueblaje una cama con colgaduras de seda granate, una cómoda y algunas sillas, y por todo adorno un enorme Cristo. Tampoco allí faltaba nada. Volvieron a encontrarse en el corredor. Ante la puerta de la otra habitación se detuvieron. La voz de Fuencisla tembló:

—El cuarto de María de la Luz.

Súbitamente asustado, comenzó a balbucear: