—Mejor era dejarlo.

—¡No, no! Aquí debe ser.

El pestillo habíase enmohecido y costaba trabajo franquear el paso. Al fin, en un esfuerzo de José Ignacio cedió, y los batientes se abrieron de par en par. Retrocedieron aterrados, esperando quizá una súbita aparición infernal. Pero si el demonio estaba allí, no se dignó presentarse, y sólo se ofreció a sus ojos el más bello nido de amor que una mujer artista y apasionada pudo soñar. Era allí donde faltaba la persiana, y a la luz pálida que se filtraba al través de rosadas cortinillas, aparecía el refugio en ideal sinfonía de sedas pálidas, terciopelos y gasas... Sobre los muros de damasco rosa muy pálido, antiguos Malinas formaban pabellones sostenidos por dorados lazos. Grabados libertinos del siglo XVIII (bellas damas de Versalles sorprendidas en el recato de los boscajes por robustos faunos de patas de chivo; marquesas que en la enguirnaldada elegancia de la alcoba, desnudábanse ante los ojos concupiscentes de un negrito; gentiles doncellitas para quienes los jardines del Trianón eran frondas de Pafos y de Citerea) pendían encerrados en dorados marcos de talla; un Psiquis de tres lunas abríase en el centro de un muro; muebles de boule llenos de cajoncitos y secretos, parecían guardar no sé qué misterios pecadores, mientras sobre sus tableros de marquetería danzaban las figuritas de Sajonia, y ocupando el centro de la estancia, el lecho, un lecho muy bajo de palo de rosa y bronces, era en su apoteosis de batistas, sedas y encajes, como un altar de Eros. Ante la ventana, la mesa de tocador sostenía ringleras de frascos en que se habían evaporado los perfumes, dejando al fondo un poso oscuro, y entre peines, cepillos, bruñidores y otros instrumentos de embellecimiento, veíase caída una coronita de blancas rosas de terciopelo, que debió de servir para embellecer la frente de María de la Luz. Y todo aquel galante interior hallábase agravado de un mohoso olor a perfumes, a flores marchitas, a éter, el angustioso olor a podredumbre e incienso de las cámaras mortuorias.

Fuencisla habíase aproximado al tocador y miraba reflejada en la luna orlada de cincelada plata, su rostro bobalicón y sus ojos de pájaro asustado. Inconscientemente, sus dedos amorcillados apoderáronse de la corona y posáronse sobre los cabellos lacios y descoloridos. Sonrió. En aquel instante vio reflejarse en el azogado cristal un rostro tras el suyo. Dos ojos negros y ardientes brillaron, y sintió unos labios de fuego que se posaban en su cuello. La voz de José Ignacio suspiró:

—¡Qué maja, mi nena!

III
EL ARBOL DE LA CIENCIA

Por centésima vez, Fuencisla acercose a la puerta y escuchó; nada. Fue entonces al balcón y, apoyando la frente en los vidrios, trató de adivinar, en la semioscuridad, la silueta de José Ignacio; nada. Anochecía; desde las tres de la tarde había dejado de nevar, y un cielo gris, negruzco, cubierto de espesos nubarrones, pesaba anonadante sobre la tierra. El jardín, bajo el sudario de nieve, tenía un aspecto trágico y desolado; al otro lado de las tapias; la llanura extendíase blanca, inacabable, como una estepa inhabitable. Fuencisla, sobrecogida por el silencio y la soledad, cerró las maderas del balcón y encendió la lámpara de petróleo, que esparció su claridad, primero amarillenta, vacilante, luego intensa, por el divino nido de amor. La lugareña echó unos troncos en la chimenea, y temerosa, inquieta, sentose a la vera del fuego.

La profanación habíase realizado. Los temores de un golpe de mano en el palacete que abrigaba José Ignacio, lleváronles a abandonar el pabellón del jardín para vivir allí; lo destartalado e inconfortable del resto de la casa recluyoles en el santuario. Dormían abajo, en la pequeña antesala, pero pasaban las veladas en el cuarto de María de la Luz. En un principio, él opúsose a lo que consideraba abuso de confianza; pero Fuencisla, tan tímida, tan cobarde, tan insignificante siempre, sentíase atraída por una fuerza irresistible, y halló razones y palabras con qué apoyarlas. Sin embargo, había algo a que él, en su recta conciencia, negose siempre, y ese algo era violar el secreto de aquellos muebles, abrir los cajones, los armarios, los cofrecillos, todos los sitios donde dormía el por qué del embrujamiento de María de la Luz.

Fuencisla, inquieta ante la larga ausencia de su marido, que habiendo salido para girar su visita de guardián a la posesión antes de recogerse, llevaba más de dos horas fuera, acercose a la puerta, y, abriéndola, exploró la galería, sumida en silencio y tinieblas. Una bocanada de frío y de olor a abandono, que le azotó el rostro, hízole retroceder estremecida de misterioso pánico. Otra vez, sola en la estancia, paseó los ojos azorados por los rincones, como si esperase ver surgir de ellos el secreto. Al fin detúvolos en una secretaire de ricas maderas, adornadas de bronces y porcelanas. ¡Allí estaba la clave! Aproximose al mueble y lo examinó curiosamente. No tenía llave ni vestigios de cerradura, que, indudablemente, quedaba oculta por los bronces. Sus dedos, torpes, de lugareña, tantearon los adornos, y de pronto, como por obra de magia, sonó un débil crujido, y la compuerta abriose lentamente, dejando ver el interior lleno de minúsculos departamentos, cerrados con esos cándidos secretos que tanto gustaban a nuestros abuelos. Repuesta del primer pavor, la curiosidad venció al miedo supersticioso y abrió un cajón. Cartas atadas con cintas de colores, flores marchitas, pedazos de cinta... Abrió otro: unas cartas, retratos de un guapo mozo, apuesto y fanfarrón; una corona dorada con dos cierres de piedras preciosas, un libro de versos... Deletreó: «Amor». Ya sólo quedaba el departamento central, que fingía la puerta dorada de misterioso alcázar. Una ligera presión aún y la puertecita abriose, dejando caer una avalancha de papeles: libros, muchos libros, estampas de gentes desnudas, grabados de un libertinaje obsceno, figuras ambiguas, extrañas, inquietantes, gentes que se retorcían en posturas inverosímiles, monstruos nunca vistos... Y todo ello en una apoteosis, en una exaltación ferviente, apasionada, mística, casi diabólica de la carne. Fuencisla cerró los ojos para no ver aquello, pero el ruido de alguien que entraba hízoselos abrir con sobresalto. ¡Su marido!

Entró José Ignacio aterido de frío y acercose a ella, que le reprochaba quedamente:—¡Cuánto has tardado!