No contestó él, y estrechola entre sus brazos. Fue una caricia larga, voluptuosa, impregnada de deseo, en que los labios subían de la boca a los ojos en suave cosquilleo y tornaban a descender hasta la boca, para posarse allí voraces, en un lento sorber de vida. Ella, a su vez, caída sobre el pecho del varón, abandonábase en un arrobo sensual, con un deseo loco de que la tomara allí mismo, de que la macerase, la anonadase en una caricia de macho fuerte y vencedor. Aquello no era ya el humilde amor cristiano que santificase antaño su unión, aquello era una delección enfermiza, apasionada y triste; era el monstruo de cien tentáculos y sed inaplacable; era el abismo que no se ciega nunca; era el mar sin fondo; la cosa misteriosa e inquietante que los paganos llamaron la voluptuosidad y los cristianos el pecado. De pronto, José Ignacio rompió el abrazo y acercose al mueble:
—¿Por qué?...—comenzó a interpelar con el ceño fruncido.
Fuencisla explicose balbuciente. Ella no tenía la culpa; limpiando los dorados apoyó el dedo en un resorte, y el armario abriose solo... Pero su marido ya no la escuchaba. Cautiva su atención de las estampas, habíase puesto a examinarlas. Fuencisla, lentamente, aproximose a él, y juntos comenzaron nuevamente el registro. La Historia Sagrada, el Paganismo, los mitos del mundo antiguo, desfilaban por los cartones en una turbadora sucesión de desnudos bellísimos o lamentables. Y mientras la luna visitaba a Eudimion en su encantadora gruta y Parsifae se entregaba al toro, la mujer de Putifar ofreció a José el banquete de sus senos desnudos, y los santos medioevales eran tentados por el Malo.
Había acabado la serie de dibujos, y poseídos ahora de una ansia loca de saber, era el secreto de las cartas lo que violaban con la macabra voluptuosidad de los necrófilos profanadores de sepulturas. Desatadas las cintas, los trozos de papel, amarillentos por los años, mostraban los largos períodos, apasionados, tiernos, incoherentes. Con trabajo, el campesino comenzó a deletrear al azar:
—«... No puedo vivir sin ti—decían aquellos trozos de letra nerviosa y apretada en uno de los párrafos—. A todas horas del día y de la noche tengo tu imagen adorada ante mí. No es la sensación dulce y resignada del bien perdido: es algo tormentoso, violento, asolador; algo que seca mi cerebro y pone calentura en mis venas. Siento la obsesión de tus ojos, de tus labios, de tu cuerpo todo; la obsesión atroz, alucinante, de la voluptuosidad exquisita, única, que brota de cada uno de tus gestos, que flota en la más leve de tus sonrisas y se deslíe en la luz verde de tus miradas... ¡Ah, la obsesión de la voluptuosidad que se exhala de tu cuerpo como un perfume perverso y embriagador!...»
Otro decía:
—«... ¿Por qué para nosotros el amor no ha sido nunca esa cosa sentimental y melancólica que es para otras gentes? Para nosotros, el amor ha sido una batalla que ha tenido mucho de horror bíblico; para nosotros, el amor ha sido un fuego infernal, devorador, doloroso y sublime, inmundo y divino!... ¡Ah, el amor, tu amor, el amor único, hecho de llamas del infierno, de cieno y de luz! ¡Ah, el portentoso encanto de tu cuerpo moldeado para el placer, el sabio anhelo de tus brazos, el arcano delicioso de tus labios!...»
En otra aún:
—«¡No puedo más! Hoy, en la horrible soledad de mi garçonière, he invocado al Demonio, le he pedido el bien de tu cuerpo en cambio de nuestras almas. Para nosotros, el alma no ha sido más que la lucecilla temblorosa que ha iluminado los ritos nefandos de la carne!... He pasado una noche atroz. Horas y horas he llamado a Satanás. Me he revolcado en el lecho como un perro rabioso y he gemido tu nombre. ¡María de la Luz! ¡María de la Luz! Te necesito: tus labios son la única fuente en que puedo apagar mi sed de amor; tus ojos los únicos faros que pueden guiarme en la oscura noche de mi alma...»
Dejaron de leer. Un río de lava ardiente corría por sus venas; una sensación de anhelo, pleno de angustia y de delicia, desconocido hasta entonces, adueñábase de ellos. En los ojos de José Ignacio había fulgores de vesania, y en las mejillas de Fuensanta rosetones de fiebre. Sentían el vago pavor que anuncia la presencia del Enemigo; pero una fuerza desconocida, superior a su menguada voluntad, les impulsaba a seguir, a seguir siempre por las ardorosas veredas de aquella vida en que se internaban como en un jardín maldito. Tendieron las manos temblorosas y abrieron otro cajón. En el fondo había un pequeño estuche cuadrado, envuelto en un papel, con una palabra escrita: «Yo. María de la Luz». Apretaron el cierre y una miniatura prodigiosa se ofreció a su vista.