Sobre el fondo clásico de un jardín pagano, una mujer toda desnuda, en el triunfo de su belleza admirable, jugaba con un cisne. Era blanca como la leche, grácil, aérea, casi irreal. En sus pupilas verdes dormían las aguas de un lago misterioso. Tenía los senos firmes, suave la línea del torso, largo y fino el cuello y rubio el cabello, prendido por dorada corona a la moda de Grecia. Poseía la gracia de Venus, la altivez de Juno y la resolución de Minerva.

Los dos permanecieron mudos, extáticos, ante la aparición. De improviso, los ojos de José Ignacio claváronse, alucinados, en Fuencisla, mientras murmuraba:

—¡Se parece a ti!

Halagada en su femenil vanidad, sonrió ella, y, sin saber lo que hacía, buscó maquinalmente la corona vista antes en el museo de recuerdos. La encontró y colocósela sobre las ásperas greñas.

El paleto contemplola embebecido, y preso en una fiebre de deseo, gimió implorador:

—¡Desnúdate!

No se sublevó el pudor de la campesina. Lejos, muy lejos de toda idea convencional, perdida en un extraño laberinto, obedeció.

Fue una escena ridícula y caricaturesca; una de esas atroces ironías conque los humoristas flagelan los desvaríos humanos, agravada ahora por la exquisita elegancia del fondo. Las burdas prendas de la indumentaria puebluna iban cayendo: primero, la toquilla color naranja y el delantal de percal azul; luego, los refajos, polícromos, huecos y abultados; tras ellos, el cuerpo de lana negra; siguioles el corsé gris, deforme y remendado, las rojas medias de punto, la camisa de arpillera, y, al fin, libre de velos, lamentable y repulsiva como una monstruosa deformación de la divina imagen de María de la Luz, el espejo reflejó la figura desnuda de la paleta. La cara y el cuello, rojos, ásperos, curtidos por el aire y el agua fría; los brazos, hinchados; las manos, juanetudas: los pechos, flácidos; el vientre, hinchado, hidrópico; las piernas, zambas, y los pies, deformes, aplastados, anchos como remos de un palmípedo; tenía la figura una repulsión alucinante de pesadilla Goya.

José Ignacio, los ojos brillantes y las manos temblorosas, saltó sobre ella y la tendió sobre el lecho de sedas y encajes.

IV
EL JARDIN DE HÈCATE