—¡Jesús! ¡Jesús! Si Dios quiere que no les haya pasado nada a esas criaturas, le aseguro a usted que regalo la casa para fundar un convento de la Trapa o de alguna Orden bien severa, donde no haya cuidado de que el Malo haga de las suyas. Y la marquesa abanicose precipitadamente.

Don Rosendo, el venerable capellán, instalado a su lado en el viejo landeau que les llevaba al Laberinto, sonrió, asegurando tranquilidad:

—No les habrá pasado nada. Cálmese la señora.

—¡Dios le oiga! Pero le aseguro a usted que tiemblo cada vez que me acuerdo de mi pobre hija! ¡Si aquella casa está embrujada! ¡Ha sido un crimen, un verdadero crimen mío enviar a esas criaturas ahí!

Siempre conciliador, aseguró el anciano:

—No habrá pasado nada; pero, de todos modos, a la señora no le cabe culpa ninguna. La guió la mejor intención: la de hacerles un bien...

Callaron, y durante un largo espacio de tiempo permanecieron sumidos en sus meditaciones. Hacía un calor tropical, y un sol calcinador caía implacable sobre los yermos campos de Castilla. El desvencijado vehículo avanzaba por la blanca carretera entre nubes de polvo; los moscones zumbaban con pesadez obsesionada, y de tarde en tarde un pájaro cruzaba sobre el cielo añil en la bochornosa quietud de la atmósfera. Una sensación de invencible sopor pesaba sobre todo y sobre todos, y los campos de tojos y trigales parecían asolados por una hecatombe geológica.

—¡Qué ganas tengo de llegar!—murmuró la dama—. ¡Nunca he estado tan inquieta, tan nerviosa!

—¡Paciencia!—confortó el capellán—. ¡Ya falta poco!

En la lejanía, como un oasis en el desierto, desvastado por aquel sol de justicia, divisábanse las arboledas de la quinta. Al fin llegaron, e impacientes hicieron repicar la campanilla. Pasó un rato sin que nadie acudiese al llamamiento. Volvieron a tirar del cordón muchas veces, pero inútilmente. La finca parecía deshabitada. Entonces Pacorro, el cochero, saltó la tapia, y ya dentro, franqueó la entrada a la marquesa y al capellán.