En la casa del guarda no había nadie, y como permanecía cerrada a piedra y lodo, en vez de perder tiempo en tratar de penetrar allí, avanzaron hacia el palacete.
El jardín, abandonado, tenía la salvaje frondosidad de una selva virgen; los caminos se habían borrado al crecer de la hierba y de las plantas parásitas; árboles y arbustos se enlazaban, formando misteriosas murallas de verdura; en las fuentes, los líquenes y las adelfas cubrían el misterio de los quiméricos espejos, y por todas partes flotaba una sensación de abandono, sobre la que se alzaba el canto de los pájaros con ensordecedora algarabía.
Caminaban trabajosamente, apartando los jaramagos que obstruían el paso y les desgarraban las vestiduras. De pronto, la marquesa se detuvo, ahogando un grito, y muda de horror llevose las manos al corazón.
Por una avenida de geranios en flor avanzaba lentamente Fuencisla, arrastrando guiñapos de seda que apenas cubrían sus carnes. Como una Ofelia de pesadilla, monstruosa y grotesca, coronaba su frente de lirios y margaritas, y sus dedos deshojaban una rosa. Tras un macizo de hojas, José Ignacio, un José Ignacio primitivo, negro, desnudo, repulsivo, le acechaba.
La marquesa se santiguó. Acaba de ver reflejada por el sol la sombra del Demonio que huía.
LAS PRECIOSAS RIDICULAS
Las encontramos al través del mundo, casi siempre en la feria de los millonarios, los reyes sin trono y los aventureros, y nos hacen una reverencia muy siglo XVIII, una reverencia que dice aún de una Arcadia de guardarropía, con pastoras de chapines de raso y Amarilis de zamarra de terciopelo azul, ocultas en los convencionales boscajes del Trianón; o esquivan con la mano un gesto de colegiala tímida, un gesto digno de las damiselas del año sesenta, que usaban miriñaque, peinaban bucles, cantaban arias sentimentales y se sabían de memoria los versos de Alfredo de Musset; o se inclinan con un saludo grave y severo, lleno de austera dignidad.
Unas, pintadas, repintadas, llenas de gasas, sedas, tules, terciopelos, lentejuelas, flores; con grandes pelucas cargadas de rizos y empenachadas de plumas; al cuello, collares de admirables perlas (falsas, naturalmente); son mundanas, conversadoras exquisitas, benévolas para las debilidades ajenas, discretas hasta ignorar todo aquello que no deben de saber, serviciales, decorativas. Otras, son alocadas, con un grato barniz de diletantismo, prontas siempre a ser la musa que recite la estrofa del poeta de moda, acompañe al piano al virtuoso millonario, o a la heredera acometida de furor filarmónico, que se cree una Patti o una Storchio, cargue con la culpa de cualquier desafinación e inicie los aplausos. Otras, en fin, son devotas y filantrópicas; hablan de la caridad y del sacrificio, y en la humildad de sus atavíos de santas laicas tienen un gran prestigio de respetabilidad.
Y todas son siempre las mismas. Siempre el mismo rostro, igual atavío, las mismas palabras, idénticas ideas. Jamás se les conoce ni una gran pena ni una gran alegría; nunca una queja, ni una mueca de dolor, ni un gesto de fatiga, ni un ademán de impaciencia. Las decorativas, viven siempre sobre el fondo banal de un paisaje de Boucher o de Watteau; las románticas, entre las páginas de La Melitona; las devotas, inflamadas en las santas palabras de la caridad cristiana. Pero ni las unas se salen de un paso de minuetto, ni las otras del compás de una sonata sentimental, ni las últimas del cristianismo que resbala cristalino por las páginas de Fray Luis de León o de Ruisbrook, el Admirable. Nada que desentone, nada que rompa la armonía.
Un día desaparecen. Aun después de muertas, su recuerdo nos arranca una sonrisa. Y cuando llega la hora suprema de los balances, sabemos casi siempre que en aquellas vidas que transcurrieron a nuestro lado, y de las que veíamos lo que de un actor se ve desde la sala del teatro, no había nada sino un vacío inmenso, que ellas cubrían con guirnaldas de flores de trapo. Pero también sabemos alguna vez que en ellas había un gran dolor, una gran amargura, una gran vergüenza, un vicio, y aun, raramente, un crimen.