MADAME D'OPPORIDOL

—La princesa Charlensko.

—¿Rusa?

—Rusa.

—¿Princesa auténtica?

—¡Lo más auténtica posible!

Después de saludar a la eslava, que, fastuosa en su pelliza de renard bleu y su sombrero empenachado de plumas negras, desfilaba con aire espléndido de gran señora, más de notar en el cosmopolitismo ferial del restaurant elegante, Julito Calabrés tornó a sentarse entre Olmeido y el marqués del Valle.

Estábamos en el Carlton Grill acabando de almorzar. Era día de carreras, y bajo la claridad de las luces eléctricas, que ocultas tras los cristales del techo creaban un día artificial, muy en consonancia con el público cosmopolita que entraba y salía en incesante vaivén, veíanse mujeres a la moda, abracadabrantes en sus extraños atavíos, hombres de sport, banqueros, personalidades del chic mundial, cortesanos célebres... Era un desfile de Tanagras, de figuras de vaso etrusco y de jeroglífico egipcio, apenas moldeadas por crespones y brocados, sobre los que resbalaban las pieles y las perlas.

Olmeido, tornado escéptico por sus frecuentes permanencias en Cosmópolis, explicó su incredulidad: