—¡Hay tanta princesa de pacotilla por esos mundos de Dios!

El marqués del Valle quitose los lentes, y con la experiencia de sus doce años de viajes, impuestos por no sé qué historias de sadismo habidas en su tierra, aseguró:

—Yo he conocido muchas. Mujeres de teatro a quienes el capricho senil de un lord convirtió en pairesas de Inglaterra; exbailarinas y exqueridas de toreros, transformadas en grandes duquesas consortes, y hasta alguna viuda de reyezuelo medio idiotizado, que, in articulo mortis, había hecho reina a una titiritera.

—¡Bah!—interrumpió Julito, incapaz de callar—. Yo también he conocido muchas... Sin ir más lejos, madame d'Opporidol...

—¿Griega?... ¿Servia?... ¿Albanesa?—interrogó Olmeido.

—Turca; por lo menos, ella lo decía así... Pero os voy a contar la historia.

Bebió un sorbo de Chablis, y, entre la atención de sus amigos, comenzó:

—¡Madame d'Opporidol!... ¡Jamás he encontrado tipo más curioso y original que el de aquella mujer! El primer trámite de nuestra amistad fue una reverencia. Sucedió en el hall del Austerlitz. Ya sabéis que algunas veces, a mi paso por París, cuando estoy muy cansado o tengo demasiadas cosas que hacer, me gusta refugiarme en un hotel tranquilo, huyendo del tráfago del Magestic, del Astoria, del Ritz o el Meurice. Pues bueno: allí la conocí una tarde. Yo había pedido no sé qué aclaración sobre unas señas, en el bureau; el encargado era nuevo y no daba pie con bola, y yo comenzaba a desesperarme, cuando una voz femenina vino en mi ayuda. Volvime para dar las gracias, y entonces la propietaria de la voz se inclinó ante mí en una reverencia. ¡Y qué reverencia! Aquello, más que reverencia, era una zalamea oriental, pero de un orientalismo visto al través del siglo XVIII francés. Era una reverencia de corte, profunda, ceremoniosa, llena de majestad; una reverencia que estaba pidiendo la música de minuetto; una reverencia que la hubiese envidiado madame Tallien, Notre Dame de Thermidor, y aun la vizcondesa de Beauharnais, la gentil Zoloé y sus dos acólitas Laureda y la Volsange, las perversas heroínas del divino marqués; una reverencia que, ahuecando las pomposas sedas en su traje, hacía de ella una figura digna de la galería de Versalles.

Olmeido rió:

—¡Qué exageración!