Desagraviado el narrador, prosiguió:

—Así estábamos, cuando la buena señora cayó enferma. Un interés discreto y una caja de bombones no menos discretamente enviada para endulzar las horas de convalecencia, acabaron; indudablemente, de captarme su confianza, por cuanto casi repuesta ya me envió un recado, diciéndome que tendría sumo placer en verme.

Subí al cuarto (piso sexto). La mise en scène estaba cuidada como siempre. Sobre la modestia de la habitación, su buen gusto había marcado un sello de elegancia un poco original. Algunos marfiles, algunos cobres y unos viejos terciopelos con versículos del Corán, bordados en oro y plata, imprimían un exotismo un poco de bazar a la estancia. Cortiníllas de color de rosa tamizaban la luz, dejando todo en una favorecedora semipenumbra; algunos ramos de flores mustiábanse en búcaros de cristal. Tendida en la chaisse-longue, sobre las pilas de almohadones multicolores, madame d'Opporidol yacía lánguidamente envuelta en un teagow de gasa y seda negra, adornado de grandes cintas de moaré rosa.

Al entrar, me tendió la mano y hasta me agració con una sonrisa lejana. Comenzamos a hablar de cosas baladíes, y llevábamos agotados dos o tres temas, en que la conversación se arrastraba lánguidamente, cuando de improviso, Schezerarda (la dama se llamaba así) suspiró, cerrando los ojos:—¡Qué desgraciada soy!—Y como yo, un poco asombrado, la mirase interrogador, me tendió la mano en un gesto supremo de abandono, mientras suspiraba un enigmático:—¡Si supiérais!... Volví a contemplarla; una lágrima brillaba en sus ojos y se detenía en el borde de las pestañas, asustada de los estragos que su paso podría causar en la obra de estucado del rostro. Al fin, madame d'Opporidol pareció tomar una determinación transcendental, una de esas determinaciones definitivas que marcan una efeméride en la vida humana, y con voz de hora suprema comenzó:

—Amigo mío: voy a contarle mi historia, mi verdadera historia, la que nadie conoce. ¡Es algo tan espantoso, tan terrible, que casi parece una pesadilla. A ningún nacido se la he contado nunca; pero mi pobre corazón no puede ya con el peso de su secreto: usted es artista, usted es un hombre de sentimiento y sabrá comprenderme!—Su voz era patética, altisonante.

—Soy turca—prosiguió ella—. Mi padre era Kiazim Pachá, y me educó como educan ahora a todas las hijas de gran familia; como podría educarse cualquier parisién, qué digo, ¡mil veces mejor!, según he podido observar luego. Narraros mi infancia de princesa salvaje en el viejo palacio, escondido en un rincón de Circasia, mi adolescencia de muchacha mimada y voluntariosa, sería el cuento de nunca acabar. Fui feliz o casi feliz. Pero casáronme y con mi boda comenzaron mis desdichas. Mi matrimonio fue lo que son allí la mayoría de los matrimonios: una cosa arreglada por las familias, en que la novia desempeña el papel de algo sin voluntad ni discernimiento, del que disponen a su antojo. Mi marido era frío, taciturno, concentrado. Muy vieux jeu, no comprendía a la mujer sino en cuanto era bella. Y heme aquí a mi culta, erudita, tan vibrante, tan moderna, condenada al papel de odalisca. ¡Y aquello no era lo peor! Lo peor, lo irresistible, lo anonadante, era la monotonía atroz del vivir sedentario, la uniformidad de los días que se deslizaban iguales, tristes, inacabables, en aquel acolchado que defiende de cualquier choque exterior y que hace que, en el atroz guateado que nos torna insensibles, echemos de menos las zarzas y las espinas del camino.—¡Loti! ¡No me cabía duda de que la cita era de Loti!

Julito hizo una pausa, y luego continuó:

—Madame d'Opporidol había callado un momento, para, con tonos más peripatéticos, proseguir después:—Un día ¡día aciago, marcado con piedra negra en la tragedia de mi vida! encontré a Jacobo. No sé cómo fue; desde entonces he creído ciegamente en la fatalidad. Si conoce usted las costumbres turcas, debe saber la imposibilidad casi absoluta de que una mujer musulmana hable con un infiel. En primer lugar, lo inabordable del harem; luego, el misterio del tcharchaf, ese negro capuchón que usan las mujeres en Constantinopla para salir a la calle; la vigilancia de los esclavos que nos rodean a todas horas; pero, sobre todo, la inconsciente vigilancia del público, que conceptuaría un crimen tremendo que una turca hablase a un europeo, hacen imposible todo intento de aproximación. ¡Y, sin embargo, conocí a Jacobo; me amó y le amé! Contarle todas las peripecias de nuestro idilio sería evocar horas felices para mí; horas de melancólicos paseos al través de los viejos cementerios, entre los altos cipreses centenarios, o largas caminatas hacia Eyoub, bajo un cielo triste, sobre cuyo fondo plomizo pasaban empujados por el viento de Asia grandes nubarrones negros; sería ir día por día haciendo la historia de los extraños ardides de que tuvimos que valernos para lograr encontrarnos. Todo fue bien al principio; pero el éxito engendra la audacia, y la audacia nos perdió. Una tarde, mientras mi marido estaba en el Ildiz, hablaba yo con Jacobo. De pronto... No sé cómo fue. De todo lo ocurrido después, conservo el recuerdo confuso de acontecimientos borrosos entrevistos al través de una pesadilla. Cosas terribles, irreales, espeluznantes, me arrastraron hasta las cumbres supremas de la tragedia. El último eco de la voz de mi amante confundiose con el primer eco de la voz de mi marido que clamaba venganza. En el tropel de sensaciones que con rapidez vertiginosa pasaron por mi alma, conservo tan sólo la impresión de los ojos de Abul-Bajá, la mirada de suprema angustia de Jacobo al caer herido y la glutinosa y tibia caricia de la sangre que humedecía mis manos. No sé cómo fue; una ráfaga de vesania pasó por mis venas, y, enloquecida de dolor e ira, salté sobre el bárbaro Otelo. Entonces pasó algo salvaje, monstruoso; mis uñas se clavaron en su cuello; le sentí palpitar un segundo, y luego, nada.

Madame d'Opporidol jadeaba, trágica, sudorosa. Después de breve respiro, siguió:—Huí. De aquella hecatombe conservo dos memorias sagradas: un cofrecillo precioso, que procede del tesoro de los Osmalíes, una de esas raras joyas de la orfebrería oriental y uno de los zapatos que llevaba yo la tarde aquella—. Púsose en pie, y con ojos de iluminada y gesto profético me dijo:—¡Venga usted!—Llevome ante el armario y abrió un cajón: de allí sacó una cajita, y con respetos de sacerdotisa que va a mostrar una santa reliquia, la puso ante mis ojos. Luego, abriendo la tapa, sacó una babucha y anunció peripatética:—¡He aquí el zapato, aún conserva las manchas de la sangre!—Les confieso a ustedes que me sentí defraudado. El cofrecillo era una caja de filigrana de plata; una de esas fáciles labores orientales de escasísimo mérito. Aquello, más que del tesoro de los Osmalíes, pareció procedencia de bazar cosmopolita. En cuanto a la zapatilla de terciopelo rojo, bordada en oro y aljófar, juraría haber visto otras semejantes en la rue Rívoli, un poco antes de llegar a los almacenes del Louvre. Extrañado, fijé mis ojos en la heroína de la tragedia. Schezerarda, erguida, lejana, con el aspecto de la protagonista de un drama de Sófocles, permanecía en pie, tremolando con una mano la babucha trágica.

—¿La continuación?—pidió Olmeido al ver que Julito, tras el postrer efecto, callaba, haciéndose el interesante.