—¿La continuación? Sencillísima. Estuve más de un año sin volver por el Austerlitz. Cuando el azar me llevó allí, lo primero que noté fue la ausencia de madame d'Opporidol. Interrogué al gerente del hotel. Confieso que su respuesta me dejó yerto. ¡Mi amiga había muerto!—Pero ¿y avisaron a Turquía, a su familia?...—pregunté. Una sonrisa irónica fue la respuesta. Y como yo pidiese explicaciones sobre el fin de la princesa Circasiana, el empleado se echó a reír. ¡Madame d'Opporidol no era turca! ¡Era lisa y llanamente una buena burguesa, que vivía de una pensión insignificante! ¡La descendiente de los Osmalíes, la esposa de Abul-Bajá, la heroína del drama sangriento, era la viuda de un vista de aduanas francés!
París-Octubre 1912.
MISS DECENCY
—¿El pudor de las inglesas? Yo creo que es una cuestión de moral pública, es decir, más bien decoro que pudor.
Olmeido interrumpió:
—Más bien cuestión de recato. El evangelismo es una religión muy severa, y como los hombres y las mujeres son los mismos en todas partes, impone el culto a las conveniencias.
—¡Pues lo que es algunas se ríen de las tales conveniencias!
—¡Que lo digan las inglesas que andan por París!...
Las pantorrillas, bastante flacas, y enfundadas, por añadidura, en unas medias lamentables, de tres damas que habían subido a un taxi, fueron las que provocaron la conversación.