Estábamos en el pabellón Madrid, del Bois; un inoportuno chubasco nos había recluido dentro, y entreteníamos el malhumor de la pasajera contrariedad criticando a todo bicho viviente.

Corría el mes de agosto, y para nosotros, habituales del otoño parisién, ofrecía la gran ciudad aspectos imprevistos. Dedicábamonos por las tardes a tomar el té en los pabellones del Bosque de Bolonia. En la limoussine de Olmeido dábamos largos paseos, que tenían siempre como punto de arribada uno de los restaurants en boga. Tocole el turno aquella tarde al de Madrid; en él sorprendionos la lluvia, y como el coche era abierto, no hubo más remedio que esperar.

Sobre el decorado Luis XV, recargadísimo, tan lejos en su barroco amazacotamiento de la elegancia versallesca del Pre Catalán, destacábanse los tipos híbridos de la fauna estival; faltaban los elegantes de los días primaverales, los artistas y los millonarios, y veíanse, sustituyéndoles, inglesas feas y escuálidas, muy marimachos en sus antiestéticos atavíos sastre muy Cook-Tours, y americanas del sud demasiado languiadas y demasiado vestidas, mal peinadas bajo las pastoras cargadas de floripondios, apestando a perfumes violentísimos y arrastrando con desvaído ademán gasas y encajes de una limpieza dudosa. Oíase constantemente hablar español por gentes que gritaban demasiado y reían con estrépito, mientras los del Reino Unido hablaban en sordina y hacían observaciones de Beædæker.

—¡Las inglesas de viaje!—habló el marqués del Valle—. Yo, que he corrido tanto, he visto cosas deliciosas. ¡Si os contara la historia de una miss que conocí en el Scheweizerhof, de Lucerna!...

—Cuenta—animó Julito.

Olmeido insistió a su vez:

—Será una obra de caridad... además de todo, nos ayudarás a matar el aburrimiento...

El marqués del Valle quitose los lentes, limpiolos concienzudamente, parpadeó y comenzó su historia:

—Miss Decency. Se llamaba miss Decency. Un nombre casi simbólico: ¡la señorita Pudor! El génesis de nuestra amistad, como la de Julito con madame d'Opporidol, fue una reverencia; pero no una reverencia de corte, grave, ceremoniosa, llena de pompa, sino una reverencia severa, rígida, muy finchada y muy convenable.

Había estallado una tormenta, produciendo no sé qué avería en la luz, y nos habíamos quedado a oscuras. Eran las nueve de la noche, y acabada la comida, las gentes comenzaban a invadir los salones de Scheweizerhof. Yo había sido de los primeros en salir del comedor, y, cómodamente instalado en el salón de tapices, disponíame a saborear mi café y a leer los periódicos que acababan de llegar, cuando hiciéronse de improviso las tinieblas.