Me gusta el Scheweizerhof, porque, quizá menos chic que el National y menos cosmopolita que el Palace, es, sin embargo, el más confortable, y ya sabéis que en la vida moderna el confort es el superlativo del bienestar. Los hoteles, muy elegantes o de mucho movimiento, son buenos para temporadas cortas o para sitios en que riman con el género de vida que uno lleva; pero para Suiza, donde se busca paz y descanso, son mejores los hoteles cómodos.

Hallábame, pues, en el salón de música, y encontrábame bien en la suntuosidad discreta, alegre y simpática, de las columnas de mármol rosa y los tapices de cartón bucólico, la orquesta de tzíganes tocaba un vals vienés, frívolo y amable, que me arrullaba, mientras curiosamente contemplaba el desfile de tipos exóticos—familias alemanas, compuestas de matrimonios gordos, colorados, un poco toscos, pero dotados de una gran simpatía cordial y acompañados de unas chiquillas deliciosas, blancas, rubias, gentiles, y de muchachitas de frágiles bellezas de Gretschen; adolescentes del Norte América, altos, fuertes, enérgicos, curtidos por los sports; damas francesas de una elegancia equívoca—; cuando de improviso se apagó la luz en el preciso momento que una señora, en quien no había fijado atención, llegaba ante mi. Sorprendida por las tinieblas, lanzó un «¡ay!» de susto y se detuvo perpleja. Me compadecí de su desairada situación, y, poniéndome en pie, cogile de una mano y le ayudé a instalarse. Momentos después, y arreglada la avería, la desconocida me dio las gracias con una reverencia. Fue más que reverencia un saludo sobrio, rígido, muy correcto, muy severo, una inclinación de cabeza llena de dignidad. Fijeme entonces en ella y experimenté el asombro un poco irónico que nos inspiran esas figuras pasadas de moda que encontramos al través del mundo, y que son como rezagadas de otros tiempos. Era la interesada una dama madura, a que el cabello cano, muy sencillamente recogido y adornado con cofia de encaje negro, que le caía por la espalda a modo de mantilla de corte, y las arrugas del rostro, que libre de afeites y fregado con agua de colonia, relucía curtido, avejentaban. Más bien alta, aunque un poco doblada en la cintura por el talle del corsé—uno de esos talles inverosímiles que hinchan el vientre y elevan los pechos a la hipérbole—; vestía una falda de gro malva, que formando pabellones por delante, iba a recogerse detrás en un gran puf, sobre el que descansaban las pequeñas aldetas de terciopelo negro de la chaquetilla. Sobre el escote cuadrado, cubierto por espeso camisolín de batista blanca, lucía un camafeo, y de las mangas hasta el codo surgían los brazos enfundados en mitones de seda. Era, en conjunto, un figurín de hace veinticinco o treinta años; uno de esos figurines que nos sorprenden como una cosa carnavalesca en las viejas revistas de modas, porque, sin ser algo familiar, tampoco han llegado a esa consagración artística que da el tiempo. Llevaba un libro en la mano, y sus ojos, de un azul pizarroso, casi gris, tenían una extraña vaguedad. Muchas veces, luego, sentí la curiosidad de aquellos ojos; en unas ocasiones, mientras se le hablaba, permanecían alejados, dando la sensación de que su dueña no se enteraba de nada de lo que se le decía, y de que su pensamiento seguía el dibujo de una imagen muy alejada de allí; otras, relucían con un extraño apasionamiento, que no estaba en consonancia con la banalidad de los motivos de conversación, y algunos, al evocar una cosa trivial cualquiera, se llenaban de lágrimas, como si fuese el enigma de una imagen misteriosa, que repercutía en el fondo de su ser. Luz u opacidad en aquellas pupilas, no se ajustaban nunca a sus palabras, y alguna vez, muy rara, teníase la sensación exacta de que o los ojos o las palabras mentían.

Hablamos. Era inglesa: no tenía familia (su único pariente, un primo lejano, había muerto en la guerra del Transvaal, y la dama ostentaba su efigie, encerrada en un grueso medallón de oro, que llevaba pendiente de una cadena al cuello) y andaba errante por el mundo. Su solo consuelo era Dios, y por eso amaba tanto a Suiza, porque sólo en medio del mar y en las altas cumbres nevadas se dialoga con El, y el mar le mareaba. También la literatura la interesaba mucho... Me fijé entonces en el libro. Era italiano: una edición antigua de «La Divina Comedia». Confesome conocer el idioma de Petrarca. Yo, amablemente, cité unos versos del Dante:

Per me si va nella cittá dolente,
Per me si va nell'eterno dolore
Per me si va tra la perduta gente.

Puso cara de extrañeza, como si no comprendiese bien. Apunté, a modo de aclaración:—Los versos que leyó el poeta a la puerta del Infierno—. Entonces ella, ante la palabra Infierno, tuvo una sonrisa de vago sobresalto:—¡Oh!, no. ¡Yo no he leído más que «El Paraíso».

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—Desde aquel día—continuó el marqués del Valle, mientras oscurecía y el cielo desplomábase en cataratas de agua sobre el Bosque—hablamos muchas veces de sobremesa. Miss Decency era una entusiasta fervorosa de España. Según ella, sólo dos ciudades habían grabado una huella indeleble en su espíritu: Sevilla y Venecia. ¡Ah! ¡Sevilla! Y la inglesa ponía los ojos en blanco y me hablaba de las noches perfumadas de azahar, del gemir de las guitarras, y de los naranjos floridos. Para ella, Andalucía no tenía más que un defecto: el amor.—¡El amor!—y la solterona hacía un gesto de espanto supremo:—¡Esa facilidad que hay en su país—me decía—para amarse, para hablar del amor, para vivir en el amor y del amor!... Allí no se puede vivir; todo el mundo habla del amor; el amor está en todas partes: en las canciones y en las estampas, en las danzas y en las ceremonias de liturgia sagrada, en los labios y en los ojos... ¡Es una obsesión, una cosa horrible! Allí las gentes no tienen verdadera religión, ni ideas morales, ni pudor... Viven como faunos y bacantes en un bosque ¡qué horror!—Y la dama, ruborizada por lo atrevido del símil, callaba.

Porque a Miss Decency podía considerársele la personificación del pudor. Era la suya una pudibundez tan frágil y quebradiza, que los hechos más sencillos y vulgares le sobresaltaban. Sin saberse cómo, hablando con ella, todas las conversaciones iban a parar al mismo tema resbaladizo. Pero su obsesión no era el sentimiento empalagoso de las solteras sensibles, era el vicio, algo pecaminoso y nefando hecho de aberraciones y brutalidades. Presentábasele siempre el sentimiento de Hero y Leandro, de los amantes de Teruel, como una cosa diabólica, grotesca y alucinante, hecha de horrores y abominaciones. Sabía raras historias, lances extraños, en que pasaban cosas terribles, equívocas y escalofriantes, y en que el amor alzábase trágico y amenazador como un rito satánico, como esas misteriosas nigromancias a que se entregaron Gilles de Reis, Prelatti, la Brinvilliers y el marqués de Sade. Mientras hablaba, bosquejaba gestos de espanto, y por sus ojos dilatados de miedo, pasaban extrañas irisaciones de vesania. Era tal su obsesión, que hasta en las cosas más triviales y corrientes para todo el mundo, veía ella extrañas coincidencias, semejanzas turbadoras y tendencias a un erotismo malsano, sanguinario y cruel. En el fondo de todo amor aparecíasele una inconsciente crueldad obscena y triste. De Andalucía, de aquella encantadora tierra de sol, que decía adorar, conservaba un recuerdo que tenía algo de estampa de Rops, algo de aguafuerte de Goya, y algo de pintura de Sorolla. En Andalucía no había visto sino el cielo implacable, los campos polvorientos llenos de chumberas, las danzas bárbaras de espasmos y gestos desgarrados en desesperaciones de agonía y los crímenes pasionales. ¡Y qué escalofriantes e imprevistos detalles descubría en aquellos crímenes! En todos adivinaba ella una lascivia sanguinaria, un vicio concentrado, algo tremendo y alucinante. Veía España como una mezcla de barbarie, fango y sangre: un Crucificado desmelenado y trágico, presidiendo el patio de caballos de una plaza de toros; la Imperio bailando un garrotín en la procesión del Santo Entierro. Por eso temía a nuestro país, apesar de los aromas de azahar y de los naranjos en flor.

En cambio, amaba la paz de las altas cumbres, porque en ellas moraba Dios. En los nevados riscos que se alzaban polares bajo la luz de la luna, en las mesetas donde nace el edelweiss, se oye la voz del Señor. Su palabra tiene la terrible magnificencia del trueno y la dulzura de la caricia. El alma, libre de impurezas, vuela por los etéreos espacios, y el humo del sacrificio se eleva directamente al cielo.

Por eso deseaba que yo hiciese una ascensión con ella.